PEDAZOS DE VIDA
Me dio una flor de la gran maceta que estaba en el centro del patio. Había tantas plantas que aquello parecía una jungla acomodada. A veces llegaba de noche porque no podía ser de otra manera, pero, cuando era posible, nuestros encuentros ocurrían a plena luz del día. Entonces la noche nos separaba. Así fue siempre: la noche o el día, nunca los dos juntos.
El trabajo, las familias, la ausencia de libertad y el secreto. Entre todo esto el tiempo serpenteaba para encontrar el espacio para cada encuentro que concluía con las estrellas en la ventana, con un halo de luz que se asomaba en el cuarto o incluso con la lluvia que ni cuando fue tormenta impidió que me fuera.
Me hubiera gustado quedarme, pero no era posible. Me hubiera gustado que se supiera todo, pero el miedo a destruir lo poco que se había construido sepultó ese deseo.
Aún recuerdo esas tres horas que pasé escondido bajo la cama, esperando que todos se fueran de la casa para poder salir de ese cuarto por la puerta trasera. El jardín podía verse desde cualquier habitación.
El aroma de su cuerpo, combinado con la crema y el perfume, invocaba la locura, despertaba mi deseo. Al regresar a casa, me recostaba y su olor inundaba mi pensamiento, y me tocaba y me extasiaba con su recuerdo. Y después, lloraba la soledad de mi casa.
Aquella mañana, aprovechando la ausencia de todos, no me despidió por la puerta de atrás. Caminamos hacia la salida principal e hicimos una pausa en el centro del patio, junto a la gran maceta que tenía un montón de flores rojas.
Me dio una de esas flores, que guardé con todo mi corazón. Supe que era tiempo de hacer cambios, de enfrentar la realidad y de buscar algo más allá de esas visitas esporádicas, cargadas de adrenalina una y otra vez con el sonido de la puerta, con el golpeteo del viento en la ventana, con el menor ruido que nos hacía creer que habíamos sido descubiertos.
Para mí, la flor había sido una señal, el comienzo de algo más; la interpretación ajena fue una despedida. Pronto, muy pronto, descubrí que no era la única persona que había recibido una flor y, con amargura, comprendí que no volvería a salir por la puerta principal, pero tampoco por la de atrás.
Aunque no lo creas, siento que una parte de mí se quedó allá y no podré recuperarla. Quizá algún día la frondosa planta se seque y entonces la calma se apodere de mi corazón y mi alma descanse en paz.



