Una de hospitales

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Un adulto responsable 

“En la sala de un hospital, de una 
extraña enfermedad, murió Simón.
Es el verano del ’86. Al enfermo 
de la cama 10 nadie lloró”
El Gran Varón – Willie Colón

Cuando tuve fuerzas suficientes para abrir un poco los ojos y notar lo que ocurría a mi alrededor, te escuché hablando con tu secretaría:

—Lo sé, Mary. Pero no puedo hacer nada. Me tomaré los días que sean necesarios, y si después de eso ya no tengo trabajo, pues ni modo.

Un poco porque me viste despertar y tal vez un tanto porque esa llamada ya no tenía punto de retorno; colgaste y te dirigiste a mí:

—Hola, ¡qué bueno que despertaste! ¿Estás cómodo? 

Esas frases se habían vuelto habituales. Cuando uno ya no tiene fuerzas más que para abrir los ojos de vez en cuando, entiende porqué esa pregunta tomó tal relevancia.

Tras 22 días ahí “encerrados”, ya habías aprendido a leerme un poco. Te inclinaste, moviste la palanca y me ayudaste a acomodarme. Después vino toda la rutina a la que ya me había acostumbrado…

La comida que venía en papillas y que me ofrecías de a poco; los libros que sabías que me gustaban y que me releías a la luz de una lámpara que trajiste la primera vez que me trajeron acá; las charlas con los médicos que hacías fuera de mi alcance visual. Para, según tú, no me enterase de nada, pero por más que fueras bastante estricto en eso, yo sabía la verdad, la sentía con cada fibra de mi ser, esos eran mis últimos días. 

Pero dentro de ese infierno, tenía el consuelo de saberte cerca de mí, de ver que me habías superado, que eras un mejor hombre que yo. No sé si yo hubiese dejado todo aventado por cuidar a mi padre… Es mentira, sí lo sé, yo habría puesto de pretexto el trabajo para no estar ahí con mi viejo, pero tú no. Tú, con una paciencia de santo, estabas aquí, siempre con buena actitud, siempre al pendiente de lo que yo necesitara o en qué podías ayudar a las enfermeras.

No sabía cuánto me amabas, hasta que resististe junto a mí más de tres semanas.

Pero ese día era distinto, me desperté con energía renovada. Algo cambió dentro de mí, por fin pude hablar más de tres palabras con los médicos, saludé a las enfermeras y hasta le agradecí a los que me trajeron la comida, pero verte regresar después de tu break para desayunar algo, fue la mejor parte.

Me abrazaste; te agradecí por todo; compartimos anécdotas y, por primera vez desde que llegué al hospital, creí que tenía algo de esperanza. 

Sin embargo, al día siguiente las cosas fueron para mucho peor. No tuve fuerzas para hacer nada y lo último que recuerdo fue tu mano sosteniendo la mía. 

Sabía que habías hecho todo lo que estaba en tu poder para ayudarme, por eso intenté regalarte la última de mis sonrisas y con un pequeño apretón, despedirme de lo mejor que hice en mi vida… Mi querido hijo.

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