RETRATOS HABLADOS
El universo visible tiene un diámetro estimado de 93 mil millones de años luz y alberga más de dos billones de galaxias. En uno de los brazos espirales de la Vía Láctea, alrededor de una estrella promedio entre otras 400 mil millones de estrellas, orbita un pequeño esferoide rocoso con un radio de apenas seis mil 361 kilómetros. Si redujéramos el Cosmos a la escala de la Tierra, nuestro planeta no tendría el tamaño de un grano de arena; ni siquiera el de una molécula. Es una mota de polvo suspendida en la penumbra cósmica.
Resulta desconcertante que, en este fragmento insignificante de materia y durante una fracción infinitesimal del tiempo cósmico, la especie humana insista en erigir reinos y disputar fronteras. Existe una patología en la ambición contemporánea: la manía del poderoso que pretende sentirse dueño del universo. Es la misma demencia cósmica que sufriría una hormiga si, tras conquistar un milímetro cuadrado de hormiguero, decretara mediante una ley privada ser la soberana absoluta del planeta.
Esta soberbia revela una profunda tragedia existencial: la sustitución de la trascendencia por las ficciones del poder y la riqueza. Hemos confundido la posesión con el propósito. Al encumbrar el dinero y la dominación como fines últimos, no solo demostramos una insensatez frente a la inmensidad del Cosmos, sino que nos condenamos al extravío definitivo. Una civilización que solo sabe medir su éxito en acumulación monetaria y control geopolítico es una civilización herida de muerte por el vacío.
Esta carencia es la pérdida del sentido de la que advertía Víktor Frankl. Tras sobrevivir al horror de los campos de concentración nazis, Frankl comprendió que la causa principal del sufrimiento moderno no es la escasez material, sino el «vacío existencial». Para Frankl, la voluntad de sentido es la fuerza primaria del ser humano. Cuando esa voluntad se frustra, la mente busca compensaciones neuróticas, cayendo indefectiblemente en la voluntad de poder o en la voluntad de placer monetizado.
Primo Levi, en su testimonio devastador sobre la condición humana en la barbarie, nos recordó que la degradación más profunda ocurre cuando el hombre olvida quién es y reduce a sus congéneres a meros instrumentos de dominación. En la dinámica del poder absoluto, el tirano cree elevarse a la categoría de Dios, pero solo consigue descender al nivel de la aberración. La voracidad sin límite es la prueba más clara de una interioridad desértica.
Sin embargo, el aviso sobre la necesidad de repensar nuestro papel no proviene únicamente de las catástrofes bélicas. Pensadores que no padecieron una guerra mundial llegaron a conclusiones idénticas mediante la contemplación y la ciencia. Carl Sagan, al contemplar la famosa fotografía de la Tierra tomada por la sonda Voyager a seis mil millones de kilómetros, observó que aquel «pálido punto azul» era el único hogar que conocemos. Sagan señaló la absurda crueldad con la que los habitantes de un rincón de esa mota matan a los habitantes de otro rincón para convertirse en amos momentáneos de una fracción de píxel. De igual manera, el filósofo francés Gilles Lipovetsky ha analizado cómo el hiperconsumismo actual ofrece una felicidad cosmética que enmascara un desamparo sin precedentes: cuanto más tenemos, menos sabemos para qué vivimos.
Repensar el papel del ser humano implica aceptar nuestra pequeñez con humildad y, al mismo tiempo, asumir la responsabilidad monumental de nuestro significado. No encontraremos el sentido dominando a otros ni acumulando bienes que el tiempo reducirá a polvo.
El sentido surge en la conexión, en el arte, en la curiosidad científica, en el amor al prójimo y en el cuidado del único refugio que compartimos. Si la hormiga enloquecida no despierta de su delirio de grandeza, la Tierra seguirá girando silenciosa en la inmensidad, pero el ser humano se habrá perdido para siempre.
Mil gracias, hasta mañana.


