TLAMATINI
“Un choque absurdo”
Salgo del consultorio y la ciudad luce lavada, respirable, purificada por una lluvia que siempre sabe cómo sacarle el polvo a las cosas. Camino hacia el coche saboreando el aire fresco, envuelto en una serenidad extraña que me sostiene los pasos. El coche también quedó limpio. Sonrió y me subo. Conduzco despacio, tomándome el tiempo necesario para dar el retorno. Pero la tregua dura poco. Un claxon rabioso me estremece y el grito de “¡pendejo!” atraviesa el retrovisor.
Entiendo entonces que vuelvo a estar en la realidad: un carril marcado a cuarenta por hora donde los fanáticos de la velocidad no perdonan la calma. A un lado me estorban los coches en doble fila; al otro, los que empujan con prisa.
Intento reírme, aferrarme a la paz de la tarde. Abro la ventanilla buscando prolongar la brisa, pero el río de las avenidas, después del aguacero, exhala un tufo pestilente que me obliga a cerrarla de golpe. El hedor se queda atrapado dentro. Para contrarrestarlo, pongo música clásica; el chelo suena al fondo, un intento desesperado por no perder el equilibrio. En un semáforo, detengo la mirada en el horizonte. El sol brilla como una lámina de oro puro y las nubes se encienden en tonos rosados y rojo pasión. Es una belleza fugaz. De pronto, alguien toca el cristal: un hombre me pide una moneda. Le digo que no. Insiste, dice que no ha comido. “Yo tampoco”, pienso para mis adentros. Al final, se marcha con un ademán elocuente que le manda saludos a mi madre. La sangre me arde.
Muevo el cuello, respiro hondo y trato de no desconectarme. Diez minutos, me digo, solo diez minutos para llegar a casa. Pero el asfalto se congela frente a la Plaza de Toros. El avance es una tortura lenta. Se me cierra un coche, luego otro. Noto las placas de otro estado, y luego más matrículas del Estado de México, hasta que la duda me muerde: ¿soy el único de hidalgo aquí?, ¿en qué momento esta ciudad se convirtió en el patio trasero de la vecina?
Por fin avanzamos. Solo falta esquivar cráteres y baches lunares para llegar al refugio de la cena, el café y la compañía de un buen libro. Pero el semáforo de Las Torres no sirve. Ya no hay reglas, solo la ley del más audaz: meterse como se pueda y cruzar los dedos para que alguien, en un arranque de piedad, decida cederme el paso.
Al final, soy yo el que cede el camino. Cuando me incorporo a mi carril, otro bólido a toda velocidad, desesperado por rebasar la fila que tiene enfrente, se topa conmigo. Podría cerrarle el paso, enseñarle una lección de civismo a golpe de lámina. Pero no. Al final, soy yo el que cede el paso. El tipo prende las intermitentes: ¿está agradeciendo? Qué más da, yo solo quise evitar un choque absurdo.
Aun así, me quedo intranquilo, con los nudillos blancos sobre el volante, mientras cruzo una coladera reventada que brota como fuente municipal. Solo quiero llegar a casa. Desaparecer bajo las sábanas de mi cama. ¿En qué momento exacto manejar por las calles de Pachuca se convirtió en un deporte extremo de supervivencia?



