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Hidalgo
sábado, enero 31, 2026
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Un viejo maletín 

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PEDAZOS DE VIDA

Cuando caía la tarde, el restaurante comenzaba a oler a café, un aroma que se mezclaba en la cocina con el de la grasa recalentada y los panes que solían hornear para las cenas. Aunque el lugar estaba en el corazón de la ciudad no dejaba de ser un restaurante de paso en el que la gente, por lo regular, siempre era diferente. No había tiempo para recordarlos, sin embargo, de vez en cuando, llegaba alguien que era recordado de alguna forma, por su forma de vestir, por su exceso de maquillaje, por llevar alguna excentricidad o algún otro detalle. 

El hombre llegó solo. Vestía un traje oscuro gastado en los bordes y cargaba un maletín antiguo, rígido, de cuero agrietado, como los que usaban los doctores de antes. Pidió café y se quedó revisando unos papeles. Uno más, uno de esos hombres que no habla, que se limita a saludar, pedir, cenar y pagar, para después marcharse. 

Sin embargo, su mirada había inquietado al mesero, a pesar de su amabilidad y su sonrisa, la mirada del hombre se había quedado fija ante los ojos del mesero, quien sintió una pesadez y, en sus entrañas, afloró la desconfianza. Pagó, se levantó y salió con prisa. Minutos después, el mesero notó el maletín abandonado junto a la silla.

Al notar el gerente la situación quiso llevarse el objeto olvidado a su oficina, pero el mesero insistió en resguardarlo hasta que regresara el dueño, por eso el gerente aceptó a regañadientes. Nadie más preguntó. Nadie imaginó lo que había dentro, pero antes de meterlo en su casillero lo abrió y descubrió que estaba lleno de billetes. No sabía cuántos, pero eran demasiados.

Guardó el maletín en su casillero. Esa noche soñó que lo abrían a la fuerza, que manos desconocidas se llevaban su contenido. Despertó sudado y con el corazón acelerado. A primera hora regresó al restaurante. El maletín seguía ahí, inmóvil, como si lo esperara, afortunadamente nadie, excepto él, sabía lo que contenía. 

Al salir del turno, quiso evitarse la pesadilla de la noche anterior, así que tomó el maletín y cuando estaba a punto de echarlo a su mochila, uno de sus compañeros se apresuró e intentó arrebatarlo, en ese momento se abrió un poco y pudo ver que había dinero, que estaba lleno de billetes. 

— Esto se tiene que repartir —dijo el compañero, sin intentar ocultar su codicia.

Al día siguiente, todos lo sabían. Las miradas ya no eran las mismas. Le exigían que compartiera el dinero: que el dueño no volvería, que no tenía derecho a guardarlo. Él repetía una sola cosa:

— No puedo repartir algo que no es mío.

— Entonces ¿Piensas quedártelo tú solo?

La presión creció hasta volverse una amenaza. Esa misma semana dejó de ir al trabajo y con el dinero abrió un pequeño negocio de comida. Trabajó sin descanso. Sus ex compañeros sabían que se había quedado con el dinero, pero no supieron dónde buscarlo, aunque más adelante el destino les mostraría dónde había quedado el mesero aquel a quien un cliente le dejó un maletín lleno de dinero. 

El tiempo se encargó de hacerlo triunfar, el maletín que una vez estuvo lleno se convirtió en alcancía, poco a poco los billetes regresaron a él, como quien deposita un abono en el banco, como quien paga una deuda moral, fueron tres años los que tardó en recuperar el dinero que se gastó en su negocio, y tras completar la cifra lo guardó en un lugar secreto, con la esperanza de que algún día pudiera entregarlo al hombre aquel de mirada inquietante y de personalidad sombría que, tras tomarse un café, se marchó sin decir nada. 

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