PAZ Y RECONCILIACIÓN
Por: Luis Vega
Cada día a las 9 de la mañana Ucrania se detiene.
Los altavoces que alertan sobre los ataques aéreos rusos transmiten el tic-tac de un reloj, los semáforos se ponen en rojo, los automóviles frenan y, durante un minuto, todo un país guarda silencio por quienes han muerto en la guerra.
Ese silencio, escriben la viceministra de Asuntos Exteriores de Ucrania, Mariana Betsa; el secretario de Estado del Ministerio de Asuntos Exteriores de Noruega, Eivind Vad Petersson, y el viceministro asociado de Asuntos Exteriores de Canadá, David Angell, «también refleja la ausencia que sienten miles de familias cuyos seres queridos aún no han regresado a casa».
Los tres funcionarios firmaron un artículo conjunto con motivo de Caminos hacia la Paz, la Segunda Conferencia Internacional sobre el Retorno de Niñas y Niños Ucranianos, Civiles Detenidos y Prisioneros de Guerra, que reunió a cancilleres y aliados internacionales los días 28 y 29 de septiembre en Toronto. El encuentro da continuidad a la conferencia ministerial que los tres países organizaron en Montreal en 2024.
A Toronto acudieron 83 delegaciones de 72 Estados y 11 organismos internacionales. La Unión Europea anunció sanciones contra 27 personas y entidades vinculadas con la deportación de menores; Noruega comprometió cerca de 25 millones de dólares para UNICEF y la Cruz Roja, y Estados Unidos hasta 27 millones para localizar y reintegrar a los niños.
De acuerdo con la iniciativa presidencial Bring Kids Back UA, Ucrania ha verificado 20 mil 651 casos de niñas y niños deportados o trasladados por la fuerza por Rusia; hasta el 28 de septiembre, solo 2 mil 650 habían vuelto a casa. Su titular, Maksym Maksymov, advierte que esa es la cifra que el país ha logrado confirmar, no el total de menores sustraídos. A ellos se suman los civiles recluidos en más de 300 centros de detención en Rusia, Bielorrusia y los territorios ocupados, a ninguno de los cuales tiene acceso el Comité Internacional de la Cruz Roja.
La cifra revela el tamaño de la herida: por cada niño que regresa, casi ocho siguen lejos de su familia.
Los autores denuncian que muchos de esos menores, además de ser separados de sus padres y comunidades, «han sido despojados de elementos fundamentales de su identidad: su idioma, su cultura e incluso sus nombres».
La situación de los civiles no es menos grave. En los territorios ocupados, advierten, hay quienes han sido detenidos por enseñar su idioma, practicar su cultura, manifestarse contra la ocupación o contar la verdad sobre lo que han presenciado.
Algunos permanecen en centros de detención en Rusia «sin el debido proceso, sin contacto con sus seres queridos, privados de atención médica adecuada». Y por si fuera poco, organismos independientes han documentado entre los prisioneros de guerra abusos generalizados, entre ellos tortura y violencia sexual.
El texto coloca la discusión en su punto más delicado: «Estos hechos no son efectos colaterales de la guerra». Se trata, sostienen los diplomáticos, de violaciones reiteradas y ampliamente documentadas del derecho internacional, cometidas «en un intento por doblegar la voluntad del pueblo ucraniano».
«Sabemos que la verdadera medida de la paz se encuentra en estas historias. Está en una niña o un niño que regresa con su familia; en un civil liberado de una detención ilegal; en un prisionero de guerra que vuelve a reunirse con sus seres queridos», afirman.
La formulación apunta a lo que los pastores repiten desde hace años: la paz no se mide en tratados firmados, sino en familias que vuelven a sentarse a la misma mesa.
La columna vertebral de la propuesta puede leerse en tres palabras: retorno, rehabilitación y reintegración. Ningún país puede lograrlo solo, reconocen los autores; se requiere una cooperación sostenida entre gobiernos, organismos internacionales, actores humanitarios y sociedad civil. «Cada persona que regresa vuelve a reunir a una familia. Cada familia reunificada fortalece a una comunidad. Cada comunidad que prospera contribuye a reconstruir Ucrania».
La Santa Sede no es ajena a esta tarea. El cardenal Matteo Zuppi, enviado del Papa, ha servido como intermediario humanitario para el regreso de menores y cautivos, y el gobierno de Kiev ha pedido al Vaticano formalizar esa mediación. En sus encuentros con el presidente Volodímir Zelenski, León XIV ha puesto en el centro la dimensión humana del conflicto —prisioneros de guerra, civiles afectados y menores deportados—, y a quienes ha recibido en Roma les ha asegurado que se hará «todo lo posible» para que vuelvan quienes siguen lejos.
No hay que olvidar que esta historia no es ajena a México. Las madres buscadoras conocen bien ese tic-tac: el de la espera por los más de 135 mil desaparecidos que no han vuelto a casa. Aquí no hay un minuto de silencio oficial; hay gritos en las plazas, fotografías en los estadios y cruces clavadas en los parques.
En tiempos de guerras que se cuentan en territorios ganados y perdidos, la paz verdadera se cuenta de otra manera: uno por uno, cada vez que alguien regresa a casa.
*El autor, es un experto en asuntos internacionales y religiosos. Celebramos participe en este medio informativo, para tener una noción clara de los caminos que pueden llevar a la paz en el mundo, no sin antes conocer la realidad de una guerra. Bienvenido.


