UN KILO DE TORTILLAS

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TLAMATINI

Por falta de alimento”

Espero en la tortillería a que me toque turno para pedir el kilo que aplacará el hambre. Veinticinco pesos exactos. Delante de mí, un hombre mayor aguarda en silencio; después sigo yo. Al rato llegan otros dos, se saludan de la mano y arman su propia platica. Para matar el tiempo, despliego el periódico.

Dos notas me arrancan la cabeza. La primera lleva un título que golpea: Perros en abandono se atacan entre ellos por falta de alimento. Cuatro animales dejados a su suerte, reducidos a morderse las entrañas por hambre. La foto es una patada en el estómago: uno sometido, ensangrentado; el otro encima, con la amenaza latiendo en los colmillos. De niño escuché mil veces aquello de que perro no come perro, una supuesta ley de lealtad entre semejantes que promete que ciertos límites jamás se cruzan. Puras mentiras de la normalidad. Esa ley se desmorona cuando el estómago lleva días vacío. En la miseria absoluta, como en la selva más sucia, solo sobrevive el que traga. La imagen desnuda la verdad: la necesidad elemental hace garras cualquier pacto social o biológico.

Paso la página y el horror cambia de escenario, pero mantiene el guion. Las noticias internacionales hablan de la crisis en los límites de España y Marruecos. La escasez extrema en Ceuta ha convertido los centros de acogida en trincheras de empujones y golpes entre miles de migrantes varados. Días enteros sin ayuda, sin ubicación, peleando por migajas de subsistencia. En la fotografía, un hombre está hincado, aferrado a una lata de verduras como si fuera el último trozo de aire en el planeta, mientras otros dos le hacen un candado humano para arrancársela de las manos.

¿Cuánto puede tardar la señora en despachar un kilo de tortillas?

Animales y humanos. Cambia la especie, cambian las coordenadas, pero la maquinaria de fondo es la misma: la privación extrema reduce la existencia a la urgencia salvaje de no morir.

En eso, un joven cruza la fila. Grita “buenas tardes” y pide su kilo. El señor de atrás, con los nervios reventados de tanto esperar, le salta al cuello: «Estamos formados». El muchacho ni se inmuta, quizás porque trae los audífonos puestos o quizás porque hace exactamente lo mismo que yo: fingir demencia para no habitar el mundo.

La despachadora pone orden con la autoridad implacable de quien maneja el fuego. Termina un pedido y suelta la pregunta de rutina: 

  • ¿Qué va a llevar? 
  • Un kilo – respondo. 

Y se pone a echar más masa al comal.

A mi alrededor, la impaciencia es una marea espesa. Es el colapso del tiempo social: cuando el hambre y la incertidumbre mandan, el futuro se evapora y solo existe el presente bruto, el siguiente bocado. Creemos que la empatía, la civilidad y las buenas costumbres son partes fijas de nuestra anatomía, pero lo de Ceuta y los perros abandonados en Mineral de la Reforma, demuestran que la moral es un lujo frágil que se sostiene únicamente con el estómago lleno.

Menos mal que aquí, en la fila, nadie está dispuesto a degollar a nadie por la comida. Aunque, viéndolo bien, con el pulso temblando de cansancio y con días sin comer… ¿me pelearía yo por un kilo de tortillas?

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