Arrogantes…

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Pido la palabra

Que flojera me dan aquellas personas que se pasan la vida queriendo tener la razón de todo, aunque la mayor de las veces no la tengan de nada; sujetos que no admiten que no son el centro del universo y que con su actitud arrogante lo único que están logrando es quedarse solos.

Se asumen conocedores de todo, incluso de cuestiones de suyo triviales y de entendimiento lógico, pues piensan que ellos han descubierto el hilo negro y las nimiedades que salen de sus bocas pretenden hacerlas pasar como si ese pensamiento no se le hubiese ocurrido a nadie jamás; se creen poseedores de toda la experiencia y pronuncian comentarios tan contrarios a la realidad que ni siquiera vale la pena disuadirlos, pues eso equivaldría caer en su juego egocentrista que lo envanecería más.

La arrogancia es la manera negativa de materializar el orgullo; excesivo orgullo que ciega a la humildad propia de las grandes personas; envanecimiento que los convierte en auténticos patanes a los que solo se les acercarán por necesidad y no por gusto.

Al arrogante, yo lo considero como una persona enferma de notoriedad, y para ello, lo más seguro es que en su afán de satisfacer su excesivo orgullo, no dudará en herir a los demás si con ello demuestra que detenta el poder.

¿Qué hacer con un arrogante? En lo personal yo no haría nada, sí, nada que me llevase a tener algún tipo de trato o relación con ese tipo de sujetos, es decir, lo más conveniente es tratar de evitarlos, a menos que por necesidad o por obligación no nos quede de otra.

En tales casos, no perdamos la ecuanimidad, pues ello nos llevaría a vociferar el rosario de mentadas que seguramente estaremos pensando en ese momento; mejor hagamos lo que cualquier chavo preparatoriano haría con su maestro cuando este lo está regañando: darle su avión (expresión coloquial de nuestra época que nos sacará de apuros).

A los arrogantes nos los encontraremos toda la vida, y si nos pasamos el tiempo discutiendo con todos y cada uno de los que tengamos la mala suerte de encontrarnos en nuestro camino, corremos el riesgo de mimetizarnos y convertirnos en una copia fiel de sus necedades. Decía Lao Tsé: “Saber que no se sabe, eso es humildad. Pensar que uno sabe lo que no sabe, eso es enfermedad”.

Las palabras se las lleva el viento, pero mi pensamiento escrito está.

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