UN CONSERJE

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TLAMATINI

“La bendición del jefe”

El aturdimiento me golpea con una punzada en la sien. Pienso en una de las contradicciones más profundas y silenciosas del mundo laboral moderno: la maldita paradoja de la eficiencia.

El trabajo consume la mayor parte del día; ¿lo hace también con nuestra vida? Hoy me amenazan con que la jornada arrancará a las 07:00 y se estirará hasta que los jefes dicten la retirada. Todo está fragmentado por áreas y personas, cada una con su cuota de tareas. Pero en el engranaje conviven los que corren y los que estiran el tiempo como chicle. Recuerdo a un conserje de secundaria técnica que, tras barrer la explanada, soltaba los bártulos con una sentencia insólita: ya había terminado y no haría más porque al día siguiente se quedaría sin qué hacer. El resto de la jornada se encerraba en su oficina o, si se llevaba bien con el director, se largaba a desayunar fuera durante un par de horas. Aparecía apenas dos o tres veces por semana y era el primero en fichar la salida gracias a la bendición del jefe.

No es una cruzada contra los conserjes, sino la constatación de una grieta: cuando el tiempo laboral está enajenado y no te pertenece, el tiempo robado al reloj se convierte en el último botín de resistencia. Puedes odiar el puesto, las paredes y hasta la cara de los compañeros, pero mientras la quincena caiga puntual en la cuenta —aunque estalle una guerra o colapse el mundo—, hacer poco y simular mucho es una táctica de supervivencia. Guardar una tarea para el día siguiente no es pereza; es defensa propia. En un entorno donde no hay incentivos reales para rendir más, mostrar talento o velocidad es un peligro. El sistema no premia la eficiencia: la castiga llenando el hueco con más carga de trabajo.

De joven cometí el error de creer en la iniciativa. Me apuraba para ventilar los pendientes y ganar margen de maniobra. Grave error. En los puestos de confianza o en los sindicatos, cada quien tiene asignada una medida de lentitud. Si terminas antes, el premio a tu eficacia es cargar con el rezago de los demás. El sistema castiga al veloz y premia la inercia calculada. Los años de servicio sobre la espalda invitan a considerar la posibilidad de resistir como lo hacía aquel conserje; al final, todo esto destruye cualquier motivación genuina y convierte la labor en un juego de póker donde nadie muestra sus verdaderas cartas. Si la jornada dura ocho horas, el ritmo colectivo se desacelera de forma artificial para ocupar exactamente ese molde, sin importar si el trabajo real se resolvía en dos. Se premia la simulación, el estar presente, el parecer ocupado por encima de resolver.

¿Es esto un síntoma del burnout? No. Es algo más viejo y jodido: la exhibición descarnada de las reglas del juego. El trato de favor hacia el conserje amiguista demuestra que la burocracia formal siempre convive con un régimen feudal de compadrazgos. ¿La ley del reloj estricto aplica solo para los de abajo, mientras que la flexibilidad y la impunidad son los trofeos de quienes saben besar los anillos correctos en las altas esferas del poder informal?

¿Quién soy yo para responder a semejante pregunta? Mejor me siento en el escritorio y simulo que trabajo mientras juego una partida de ajedrez, o mejor aún, mientras veo una historia que comparten en las redes.

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