PEDAZOS DE VIDA
La dulzura de sus ojos, siempre fue incomparable con la mirada de otros, no sé si fue que yo veía en su mirada el amor o el amor me hacía ver en sus ojos todo lo que quería en un despertar, era sentir su respiración junto a mí y al comenzar el día mirar sus pupilas como pequeños soles que me daban los buenos días.
Sí, eso fue, al inicio eso fue, la forma en que las lámparas semicirculares rebotaban la luz en sus pupilas convirtiendo sus ojos en obsidianas arcoiris o cuando su mirada se volvía a mí en contemplación que me hacía sentir que no había más, como si hubiera sido el reflejo de Narciso mirándolo desde la claridad de un manantial.
Me acostumbré tanto a mirar esos cristales que varias veces supe que había pena en su corazón, mucho antes de que me contara la calamidad que le había sucedido o bien que le había ocurrido a su familia o a sus amistades; también aprendí a distinguir la angustia y el escepticismo cuando no estaba conforme con algo o bien, cuando iba a comenzar a debatir con su ceja perfectamente delineada y levantada para ese preciso instante.
El enojo y la indiferencia eran distintos, se notaban a contraluz y se sentían cuando había oscuridad, a mi parecer, no había más allá de sus ojos, el sexo no necesitaba otra posición, lo único que importaba era la forma en que nos poseíamos con la mirada.
No sé en qué momento todo comenzó a cambiar, su mirada de indiferencia se agudizó en cada encuentro, el brillo continuaba pero no cuando estaba conmigo a solas, tuve miedo de que algún día su mirada se apagara, tuve angustia de saber que la obsidiana sería solo negra, pero lo que más horror me causaba era que esa mirada dejara de pertenecerme, dejara de ser mía. Sí, por eso puse sus ojos en el sótano, ahí desde la frescura de su sitio podían mirarme cada noche con esmero. Limpié el frasco que los contenía por algunos años. El cuerpo… Ese no lo van a encontrar, ya no existe, pero sus ojos… Sus ojos alcanzaron la inmortalidad.