Trumpismo, guerra y religión: alianzas y divergencias 

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TIEMPO ESENCIAL 

En la  guerra de Medio Oriente no solo se enfrentan estados nacionales, ideologías e intereses económicos, sino antiguas creencias religiosas con una larga historia de confrontaciones tanto entre ellas como con los poderes seculares.

El papel de las iglesias no fue determinante en las dos guerras mundiales del siglo XX, donde el conflicto bélico se centró principalmente en diferencias ideológicas e intereses económicos más que en cuestiones religiosas.

Tras esas conflagraciones, los intereses dominantes llevaron a pensar que las religiones dejarían de ser un factor político relevante.

Las creencias pasaron entonces al ámbito individual, protegidas por la libertad religiosa. Las congregaciones eclesiales se adaptaron paulatinamente a los valores de la sociedad moderna y su relación con el Estado laico se mantuvo sin confrontaciones importantes. 

Pero todo cambió a partir de la segunda presidencia de Donald Trump. Su gobierno marcó un quiebre en las relaciones entre el Estado laico y las iglesias, al romperse los acuerdos construidos desde la posguerra, con el impulso de  una ideología fundamentalista que vuelve a mezclar lo público con lo privado. 

El problema está en que, sin un nuevo consenso entre las fuerzas políticas que apoye sus intereses, resulta difícil que el presidente norteamericano pueda reordenar el viejo pacto establecido tras la Segunda Guerra Mundial, que abrió  el camino a la hegemonía yanqui y, al mismo tiempo, evitó una nueva confrontación global. 

Pero ante la decadencia de ese sistema, Trump encontró en las religiones un fuerte respaldo a su causa; especialmente en las congregaciones protestantes fundamentalistas, integradas por amplios sectores populares inconformes con una  clase política norteamericana, percibida como corrupta e incapaz de solucionar la pobreza creciente y las frustradas expectativas de progreso. 

En ese contexto, decidió radicalizar su proyecto, orientándose hacia el fundamentalismo evangélico y sectores católicos ultraconservadores pero, sobre todo, a la comunidad judía, particularmente al sionismo gobernante en Israel. 

Su estrategia fue exitosa, pero también lo ató a compromisos que lo llevaron  a tomar decisiones perjudiciales para su propio país, al vincular su destino con el del Estado de Israel y sus conflictos permanentes en Medio Oriente. 

Lejos de ser utilizado por Trump, el sionismo ha aprovechado esta alianza para impulsar sus propios fines expansionistas, respaldados por interpretaciones   milenaristas de sus textos sagrados, que lo colocan por encima de las normas políticas y éticas irrenunciables para el mundo moderno.

Ahora Trump es rehén de esta secta ultranacionalista de la que no puede zafarse, aunque lo quisiera, y con ella se juega su propia permanencia en la presidencia, y hasta la posibilidad de enfrentar un juicio y pasar un largo tiempo en la prisión. 

En un punto extremo de esa relación, atacó a la República Islámica de Irán sin autorización del Congreso de su país, confiado en una victoria rápida. Pero hoy Irán sigue en pie, poniendo en aprietos al ejército norteamericano y sus aliados israelíes.

Además, agravó el conflicto con el mundo  musulmán al liquidar al ayatolá Jameini, lider político y religioso supremo de Irán; un crimen que resulta profundamente ofensivo, comparable a lo que significaría para los católicos un ataque mortal al Papa en el Vaticano. 

Por otra parte, fue su actitud ofensiva con el Papa León XIV la que, a nuestro juicio, terminó por contraponer a muchas naciones cristianas en su contra.  

De hecho, los partidos  de  derecha en Europa han comenzado a distanciarse de él , temerosos del posible rechazo de sus propios electores, en su mayoría fieles a las religiones cristianas.  

Así, sin proponérselo, Trump ha unido a la mayor parte de la comunidad internacional en forma adversa a su figura; despertando, además, el adormecido poder político de las iglesias cristianas, sobre todo la católica, cuyo líder no da muestras de amilanarse ante su controvertido compatriota. 

En México, la ultraderecha ha quedado desconcertada ante la firmeza del Papa, a quien consideraba su aliado natural, en consonancia con  los objetivos de Trump en Latinoamérica, a los que ella se inclina servilmente. 

Quienes imaginaban que el humanismo cristiano impulsado por Francisco había concluido con su muerte, se han llevado un chasco, pues León XIV lo retoma como una forma de contener el avance del trumpismo y el fundamentalismo evangélico y sionista. 

Aún es temprano para precisar hacia dónde nos conducirá este renovado protagonismo religioso y su posible impacto en la paz mundial. Pero sin duda, las religiones han recuperado un papel central en el rumbo de los acontecimientos globales. 

Verdaderamente, vivimos tiempos interesantes.

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