TIEMPO ESENCIAL
Las redes se llenan con opiniones de todo género respecto a Donald Trump, como si de repente un desquiciado hubiera arribado a la presidencia del país más poderoso del mundo, sin que nada ni nadie lo haya previsto ni impedido.
Son pocos los que intentan superar esa visión inmediatista, yendo a las causas que permitan comprender las razones por las que alguien como él, gobierna un país y pone de cabeza al mundo entero.
Trump no es un tropiezo de la historia ni un evento inesperado. Su presencia en la Casa Blanca no solo se explica por razones y características personales, sino como parte de un proceso histórico de la sociedad en la que desempeña su función pública.
Porque lo sepamos o no, hay elementos más allá de la experiencia inmediata que permiten entender cómo es que Trump y sus patrocinadores, actúan desde un horizonte de comprensión y sentido, que los obliga a defender valores y actitudes consideradas absurdas como si fueran verdades absolutas.
Trump y la mayoría de los norteamericanos comparten una cultura conformada desde los orígenes de su nación, presente en tradiciones y valores religiosos, saberes filosóficos, científicos y prácticos que han marcado el rumbo de su historia. Sus costumbres, educación, normas y valores, fueron modelados para que su sociedad se convirtiera en lo que es hoy en día, y Donald Trump no es más que un producto de la cultura en la que vive, creyendo ser el centro mismo del planeta.
Y es dicha forma de comprender la realidad la que explica por qué, la mayoría de los norteamericanos comparten con él su visión del mundo y la creencia que, por decisión divina o superioridad humana, sus valores y costumbres han de ser defendidos hasta el final de los tiempos.
A través de los años, esa forma de entenderse a sí mismos, conformó un paradigma de creencias, valores y proyectos, que derivó en un sistema de vida del que pueden reconocerse al menos las siguientes raíces: una religiosidad cristiana-fundamentalista; el valor moral, social y económico de la competencia; el sometimiento del más débil por el más fuerte , y la creencia total en la eficacia de una economía basada en la interacción de empresas e individuos, que intercambian bienes y productos, coordinados por la ley de la oferta y la demanda.
En el plano ético, sus pensadores y líderes políticos se decantaron por una moralidad basada en el valor del trabajo y la ganancia del capital acumulada en pocas manos.
En la educación, los pedagogos norteamericanos promovieron una educación destinada a formar a sus niños y jovenes en la competencia y el éxito individual, como las metas más importantes para los miembros de la sociedad norteamericana.
Y son esas bases filosóficas, religiosas e ideológicas, sólidamente arraigadas en la educación norteamericana, las que permitieron y propiciaron que personajes como Donald Trump hayan accedido al poder político a lo largo de la historia.
De ahí la importancia de conocer y comprender los principios y fundamentos filosóficos, económicos y políticos que se encuentran en la base del paradigma ideológico de la sociedad norteamericana, como base de referencia y acción de sus integrantes, sin importar su clase social, nivel educativo, conocimientos y diferencias políticas.
Igualmente, ha de tomarse en cuenta que el paradigma capitalista norteamericano ha sufrido cambios importantes a través del tiempo y las circunstancias; así como la transformación de sus principios filosóficos, al surgir toda clase de argumentaciones y pseudoteorías absurdas, tales como la “no-verdad” o el “transhumanismo”, que hoy desempeñan el papel, que en el pasado realizaron las filosofías de Hume, Locke o Stuart Mill, reducidas a la comprensión del ser humano como un ente controlable, dejando a la tecnociencia y la inteligencia artificial el control del mundo humano y natural, lo que en los hechos significa la eliminación genocida o la esclavitud de la humanidad y el final del mundo natural.
De ahí la importancia del ejercicio filosófico, único capaz de reconocer,
tras los acontecimientos e ideologías del momento, el poder liberador del conocimiento crítico y la acción transformadora de la realidad.
Y en esa tarea, la filosofía sigue siendo importante, a riesgo de dejar que la fuerza de la razón necesaria nos lleve a olvidar la razón libre.



