9.6 C
Hidalgo
martes, febrero 10, 2026
970x250

Todos los días a las 09:00 de la noche

Más Leídas

Un adulto responsable 

“Sombras nada más, entre tu vida y mi vida,
sombras nada más, entre tu amor y mi amor”
Sombras – Javier Solis 

Muchas parejas no tienen en su matrimonio un ritual sagrado como el que tenemos Clara y yo. Y eso puede resultar muy bueno, porque en los ojos incorrectos, pasaría a ser una monotonía desgastante. Independientemente de lo que piensen los demás, nuestra tradición es tan sencilla de describir como difícil de cumplir: cenar juntos todos los días a las 09:00 de la noche. 

No les voy a mentir. Cuando Clara me lo planteó me pareció una idea bastante sencilla, digo, ¿para qué se casa uno si no es para compartir las penas, las alegrías y las diferentes comidas del día? Pero, cuando mi mamá enfermó, supe que sería más complicado de lo que hubiera creído. Sin embargo, “mi amorcito” me sorprendió. Cada día se apareció afuera del hospital (porque el horario de visitas había culminado) y, una vez que compartíamos algo, yo regresaba al lado de mi madre. Así por tres semanas completas, hasta que se recuperó y volvió a su casa.

Así pasó muchas veces cuando estábamos lejos uno del otro. Aún en diferentes ciudades.

Y no, no fuimos nunca la pareja “muégano” que hace todo juntos. De hecho, rara vez desayunábamos o comíamos en el mismo lugar, Clara solía desayunar ya en su trabajo y yo comía en la empresa para la que laboro. Eso sí, la extravaganza termina siendo costumbre y lo que teníamos estuvo lejos de volverse obligación. Era un gusto, un placer para los dos. A veces yo cocinaba y muchas veces lo hizo ella (no les quiero ni contar cómo picaba la salsa cuando Clara estaba enojada conmigo). A veces pedíamos por aplicación y otras tantas fuimos con don Goyo al puesto de tacos. A veces eran cenas tan sustanciosas que apenas y podíamos terminarlas y a veces, solo fue un yogurth y una gelatina. 

Pasó muy poco tiempo para entender que la comida en sí no tenía nada que ver. Era el hecho de estar juntos después de días largos, lo que hacía que valiera la pena.

Después de 4 años y de discusiones acaloradas, todos nuestros allegados se acostumbraron: servían la cena a las 09:00 p.m. en punto o ya no se sorprendían si en medio de una reunión, desaparecíamos como por una hora, para ir a comer por nuestra cuenta. Por eso terminamos cenando en lugares por demás extraños: en un local de mala muerte, en el coche, en el estadio, en una mesa improvisada después de una clase de salsa, en el aeropuerto, sentados en las mesitas del OXXO, en una banqueta, etcétera.

Muchas veces las cenas tuvieron que ser improvisadas, porque había tráfico, lluvía o lo que fuera, pero mi celular sonaba a las 08:00 p.m. y el de ella también, así que nos poníamos de acuerdo y llegábamos a un punto medio entre la casa y mi trabajo, para poder cenar ahí. Era divertido, era emocionante. Era interesante saber cómo lo haríamos posible la próxima vez.

Pero como todo lo bueno en la vida, terminó. 

Aunque el sepulturero, don Julián, ha sido bueno conmigo, comprendió mi dolor y entendió muy bien nuestro ritual. Dice que a sus jefes ya les llegó la noticia de que “un loco se escabulle por entre las lápidas, poquito antes de las 09:00 p.m., pone un mantel junto a una y cena mientras habla al aire”. Por eso dice que ya no me va a poder dejar pasar, so pena de que lo echen.

Creo que con nuestra gran aventura nunca lastimamos a nadie y no quiero que don Julián sea el primero en sufrir las consecuencias del ritual. Por eso tendré que dejar a Clara tranquila. Ella sabe que la llevo en el corazón y en el recuerdo de todas nuestras cenas juntos.

Autor