Tauromaquia

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Memento

“Y ese toro enamorado de la luna que abandona por la noche la maná, es pintao de amapola y aceituna y le puso Campanero el mayoral”
La Luna y el Toro – Maruja Lozano

Tauromaquia viene del griego tauromakhía, se compone de dos elementos: tauros que significa toro, y mache que significa lucha, combate, pelea. Literalmente, tauromaquia significa “lucha con toros”. El término pasa al latín como tauromachia y de ahí al español, ya no para nombrar cualquier enfrentamiento con el animal, sino una práctica ritualizada y reglamentada, cargada de símbolos, estética y violencia contenida bajo la etiqueta de arte o tradición. Desde su origen, la palabra no oculta que es una pelea. Todo lo demás -la música, el traje, el pase, la plaza- vino después, como capas culturales complementarias.

No siempre fui un taurino -no, no me refiero a que haya nacido bajo el signo de tauro-. Hubo un tiempo en que no estaba del todo de acuerdo, en parte por la violencia inherente a la fiesta y un poco por el animal. Así que comprendo, de cierta manera, el pensar de algunos antitaurinos.

La mayoría de los animales que consumimos no conocen el campo ni la intemperie. Nacen, crecen y mueren para producir rápido y barato. No por maldad, sino por maximizar rendimiento, minimizar costo -capitalismo-, aunque poco importe la vida. Viven confinados, amontonados, sin espacio para moverse ni para comportarse como lo que son. No hay sol, no hay aire limpio, no hay afuera. Solo naves cerradas, jaulas, metal, concreto y un tiempo medido en semanas o meses. Para evitar que el estrés los vuelva peligrosos entre sí. Se les mutila, no por crueldad, dicen, sino por funcionalidad. Sus cuerpos tampoco les pertenecen del todo. Son seleccionados y manipulados para crecer más rápido, para producir más de lo que su organismo resiste. Algunos no pueden sostenerse de pie; se quiebran antes de llegar al final. No es algo oculto. Está normalizado. 

En La luna y el toro se canta la antesala. La luna -como nosotros- mira desde arriba. El toro embiste desde abajo. Uno obedece su naturaleza, es fuerza, pero también ignorancia del final. Y la luna observa en silencio, sabiendo que el desenlace ya está escrito.

El toro de lidia no se produce, se cría. Vive varios años en el campo, en libertad, con espacio, distancia, respeto y jerarquía frente al ser humano. Se le alimenta para fortalecerlo, no para engordarlo; se le cuida lo justo, sin amansarlo. No se entrena ni se le prepara para la plaza. Llega a ella con tiempo. Su bravura no se fabrica, se hereda. Y su vida, breve al final, fue más libre que la de casi cualquier otro animal criado para morir.

Ambos tipos de animales -para lidia y para consumo- viven separados, unos en la industria, otros en  la naturaleza, sin embargo conviven en la misma sociedad. La muerte para unos es justificada.

Me molestan quienes van a la plaza a gritar o solo a emborracharse. Pierden el respeto por la parte ceremoniosa de la fiesta. Mientras en el ruedo hay dos seres peleando por su vida, se oyen los gritos de unas cuantas personas desubicadas contando hasta diez para ingerir alcohol. Se echa a perder la experiencia. Cuando el matador se lanza a tirar la estocada final, se guarda silencio, por respeto al torero y, sobre todo, al toro. Ese es el tipo de respeto que se ofrece, no para festejar la muerte del animal, sino como agradecimiento por su vida y sacrificio.

Comprendo lo que algunas personas alcanzan a ver; aun así, reducir una corrida de toros a un par de instantes, es mirar apenas la superficie. Se pierde el arte, el diálogo silencioso entre torero y toro, el uso del capote como extensión del cuerpo, la cadencia de los movimientos y la belleza de las figuras que se dibujan en el ruedo. Se olvida de los años de crianza y respeto que siente por el astado. Todo eso forma parte de una tradición que, para quien no la mira completa, puede parecer inexplicable.

La conseja de hoy

Solemos ver la muerte de manera natural, hasta que la vemos de cerca. Cuando ignoramos alguna información, suele importarnos poco. Cuando se vuelve visible la señalamos y enjuiciamos. Como dice Heriberto Murrieta: «Cuando una buena faena me llena, siento felicidad, siento que estoy lleno espiritualmente»

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