ESPEJOS DE LA REALIDAD
Saliendo del funeral, pasó por unos tacos.
Las tripas le hacían tanto ruido que incluso Chucho, entre risas, le dijo que se agarrara unas galletitas del surtido rico que habían llevado, con café.
No quiso. El café en el estómago vacío cae mal. Mejor unos tacos de carnitas y una coca para curar el malestar.
Al entrar al local notó que ya habían cambiado las sillas. Unas cuantas teles nuevas, dos refrigeradores llenos de boings y cocas. Se quitó el suéter de poliéster negro, jaló una silla de plástico y se sentó.
Pidió dos de surtida y le encargó a la mesera las cebollitas con rodajas de habanero. Enchilarse, le había dicho su hermano, es de los placeres más chingones que existen. Y era cierto. Ahí estaban las montañas de servilletas, de esas que nomás sirven una vez, tan delgadas que se deshacen rápido.
Los tacos venían más flacos de lo normal, así que pidió dos más. Se los preparó como su hermano los hacía: pepino, salsa verde y roja, cebolla y habanero. “El buen taco es el que no cierra”, eso solía decir él. Y con la destreza de quien sabe comer, se los fue acabando.
Ese habanero picaba más de lo normal. Siguió comiendo. No paró. Empezó a moquear. Los ojos se le pusieron jugosos, aguados.
El taquero, que lo venía mirando desde que entró, le gritó mientras picaba la nana sobre la tabla blanca de polietileno:
- Es que no desvené el chile, joven. Por eso pica más.
No pudo contestar. Cuando alzó la mirada, el taquero ya sabía que no lloraba por la enchilada. Estaba enchilado desde hace rato.
La mesera le dejó un taco de cortesía.
Él siguió llorando.
Y siguió comiendo.



