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¿Somos los que espantan,  o los que se miran en el fantasma errante?

Javier Peralta
4 Min de Lectura

LAGUNA DE VOCES

Alguna vez todos se detienen en las horas de la noche cuando el sueño no llega, pero los recuerdos se agolpan en la memoria y, consecuencia lógica, niegan el buen dormir hasta que amanece. Siempre seres de mirarnos una y otra vez en el pasado lejano o reciente para confirmar, que era cierta esa afirmación dicha por los entonces viejos, hoy voces que resuenan años después de que se han marchado: “desde que nacemos empezamos a morir, nos guste o no”. Y no, no nos gusta estar cada vez más cerca de ese instante justo en que nos apagaremos igual que un aparato eléctrico, parecido es la palabra exacta, con la diferencia única de que somos conscientes de esa amarga realidad.

Sin embargo, esperamos con esa inocencia solo propia de los que viven con la certeza de la magia en su rostro, que por alguna razón con nosotros será diferente, y que, a las 24 horas de ser difuntos, nos llegará el permiso invocado apenas habíamos cerrados los ojos para caminar de un universo a otro, de una realidad a otra. Permiso de esos que estamos seguros están reservados a unos cuantos, y quién sabe por qué razón, estamos absolutamente seguros de que entre esos elegidos debemos estar.

Con exactitud nadie sabe cada cuándo un muertito se convierte en fantasma, no de los que espantan, sino de los que tardan siglos para aprenderse los caminos que llevan a reconocerse entre los cientos, miles de destinos que podrán cumplir si son cuidadosos y están alertas para descifrar los signos de la inmortalidad.

Los hemos visto cuando se pierden y hacen las veces de espíritus que acostumbran asustar sin darse cuenta de nada, porque en esos momentos lo más importante es hallar el camino que conduzca a ese mirar y mirar el cumplimiento de cada vida luminosa, o, todo lo contrario, que estaba apartada para uno.

Las madrugadas en vela hacen que muchos somnolientos desvelados, miren detrás del cancel de vidrio que detiene el frío de la habitación, un sonriente fantasma que es uno mismo, que se mira, que hace como si estuviera sorprendido, pero lo más cierto es que el espanto hace presa del que se mira a los ojos en un espíritu.

¿Somos los que espantan o los que se miran en el fantasma errante? ¿O ninguno de los dos, y sí en cambio un recuerdo de alguien que se recuerda en sueños que han dejado de serlo, para ser realidades sin retorno?

No lo sé.

La verdad nadie lo sabe.

Pero anhelamos saber si en tantos destinos que se cumplen puntualmente, en uno por lo menos alcanzamos la felicidad, la tranquilidad, la fortaleza para no huir despavoridos por confundirnos y no saber, sinceramente no saber y despertar finalmente con la certeza de que, con certeza, ya no sabremos nunca si escapamos del mundo de las posibilidades y otro, es decir nosotros, ocupamos el lugar que con amabilidad nos entregamos.

Todo por no poder conciliar el sueño. Todo porque en las amargas madrugadas a lo mejor escapamos de ese lugar de los absurdos que se logra con los ojos cerrados y la mente dedicada a inventar algo, lo que sea, con tal de no permitir que desemboquemos en la locura de no saber si fuimos los que escaparon, o los que se quedaron encerrados con la encomienda de crear historias sin aparente sentido, pero que nos reflejan con absoluta certeza quiénes somos y quiénes no.

Mil gracias, hasta mañana.

Correo: jperealta@plazajuarez.mx

X:@JavierEPeralta

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