RETRATOS HABLADOS
Por razones que hoy mismo desconocemos, pero que además nos negamos a entender, desde que éramos niños, decidimos otorgar al poder político y a quien lo ejerce, una cantidad enorme de cualidades que nunca tuvieron. Dimos por hecho sus capacidades, su templanza a la hora de tomar determinaciones y una sensibilidad humana a prueba de todo. Incluso, en un momento determinado, llegamos a creerlos no humanos, parte de una realeza divina. Nos negamos a aceptar lo contrario, porque aceptamos que así eran las cosas y ni hablar.
Sin embargo, en nuestro país, y no se diga en Estados Unidos de Norteamérica, han ocurrido, casi al mismo tiempo, dos momentos históricos, únicos por esa razón, y vitales para dejar atrás esa idea absurda de que los políticos son una raza aparte.
Nosotros decidimos elegir a Andrés Manuel López Obrador, como presidente de México, porque la gran puesta en escena que se había padecido por más de 90 años, simplemente no daba para más, y porque no solo eran simples humanos los que la representaron, sino que habían llevado a la nación a una situación tal, que simplemente, así lo creímos, no podría estar peor.
Así que, optamos por un personaje como López Obrador, que logró en solo seis años, de ningún modo terminar con la injusticia que ha vivido el país siempre, sino cimentar las estructuras de un nuevo poder, el de él. Pero no solo eso, que ya es mucho, sino dar vida a una nueva narrativa en que es, hoy por hoy, es alguien considerado casi divino por sus millones de seguidores. De nuevo el semidiós, con todas las capacidades, con toda la templanza, con todo para edificar una nueva realeza divina.
En el país del norte fueron todavía más extremos, porque ellos, los estadounidenses, han creído desde siempre, que tienen la mejor democracia del mundo, la única, la verdadera, la que todos desean imitar. Y no es así, nunca ha sido así, pero su aparato de propaganda ha sido tan eficaz como el de la Coca Cola, de tal modo que todo fue creído.
Así que, a través de lo que dicen es democracia, llevaron al poder a un ignorante, pero millonario; un verdadero imbécil, pero bravucón; un incapaz, pero capaz de aplastar a sus enemigos; un cobarde, pero valiente en bola como los clásicos gandallas de la escuela; un desquiciado mental, pero aplaudido, porque al fin, los que se creen imperio gozan de las locuras.
Lo cierto es que el ejercicio de la política nunca debió tener como ejemplo al país del norte, mucho menos en el ejercicio de un poder emanado de elecciones.
Pero lo creímos, y hoy mismo padecemos en México a un ex presidente que no deja de meterse en el trabajo de su sucesora, que manda en trabajos de “operación fina” a verdaderos engendros como el ex secretario de Gobernación, porque no es capaz de reconocer que un principio básico de la buena política, es dejar que quien lo haya sucedido, pueda tener libertad en sus labores.
Y aquí, estoy seguro, puede haber una gran diferencia con la presidenta Sheinbaum, porque en términos académicos, ni Trump, ni AMLO, le ganan. Mucho menos en términos de sensibilidad política. Tampoco en la capacidad de ser realista, porque ha tenido que aceptar no pocas imposiciones del que se fue, además de lidiar con un gringo bravucón y pendenciero.
Sheinbaum está obligada a regresar su verdadero valor al ejercicio político en México, que, por supuesto, nada tiene que ver con el que se fue, con los muchos que dejó de herencia directa e indirecta.
Ella sabe el camino, tortuoso, poco menos que dramático, y aceptar que la realidad, la coloca de nuevo en una lucha de antaño, en que el dictador, el explotador no se ha ido, y es necesarios echarlo, porque si bien nadie puede negar los logros a favor de los más pobres, es constante y sonante, que el poder absoluto lo trastornó de manera irremediable.
Mil gracias, hasta mañana.
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