Ser estoico en nuestros tiempos

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La frase es una constante en estos días, y algunos dicen que hasta se ha puesto de moda, si esto puede decirse, eso de permanecer “estoico” ante la vida. Luego entonces, en una deducción simple y con frecuencia errada por desembocar en vaguedades absolutas, se piensa que es mantenerse “impávido”, que nada tiene que ver con la canción del “Pávido Navido”, que quiere decir todo lo contrario. En fin, siempre es saludable citar lo que no es de manera amable, incluso divertida.

Pero con todo que una actitud ante la vida no puede, ni debe ser regido por modas, menos con la que fundó Zenón de Citio tres siglos Antes de Cristo, que precisó como eje central de esa corriente filosófica una actitud de aceptación ante las cosas que no podemos controlar, y diferenciar de las que sí, y por alguna razón se enlaza con una popularísima Oración de la Serenidad, inscrita en millones de grupos de autoayuda que existen en el mundo para atender el alcoholismo.

La reflexión sobre el estoicismo que hoy inunda las redes sociales y las charlas de café suele simplificar una doctrina de una profundidad psicológica asombrosa. Ser estoico no es, como sugiere la confusión popular, convertirse en una estatua de mármol que ignora el dolor o la alegría, sino entrenar la voluntad para distinguir entre el mundo externo y nuestra respuesta interna. Esa dicotomía del control, que Zenón de Citio sembró en el Pórtico Pintado, encuentra su eco más universal y contemporáneo en la famosa Oración de la Serenidad.

Esta plegaria reza: «Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las cosas que puedo, y sabiduría para reconocer la diferencia». Aunque se ha vuelto un pilar en los grupos de Doce Pasos para la recuperación de adicciones, su origen se atribuye generalmente al teólogo estadounidense Reinhold Niebuhr a principios de los años treinta. No es casualidad que una filosofía de hace dos milenios y una oración moderna converjan en el mismo punto: la sabiduría reside en la gestión de nuestras expectativas.

Séneca, el consejero de Nerón, aportaba una visión práctica al respecto cuando afirmaba que «sufrimos más a menudo en la imaginación que en la realidad». Para él, el estoicismo era una armadura contra los reveses de la fortuna, pero una armadura hecha de razón, no de indiferencia. La importancia de esta distinción es vital, pues mientras el «pávido» huye por miedo y el «impávido» ignora el peligro, el estoico observa el riesgo, lo evalúa y decide que, pase lo que pase, su integridad moral permanecerá intacta.

Por su parte, el emperador Marco Aurelio, en la soledad de sus campañas militares, escribía en sus Meditaciones: «Tienes poder sobre tu mente, no sobre los eventos externos. Date cuenta de esto y encontrarás la fuerza». Esta sentencia marca la diferencia fundamental con el existencialismo posterior. Mientras que pensadores como Jean-Paul Sartre sostienen que «el hombre es una pasión inútil» condenado a una libertad angustiante en un universo sin sentido previo, el estoico cree en un orden racional y busca alinearse con él.

El existencialismo nos lanza al abismo de la responsabilidad absoluta sobre el significado de la vida, lo cual puede generar una desesperanza paralizante si no se gestiona. El estoicismo, en cambio, ofrece un manual de operaciones para la paz mental. Epicteto, quien fue esclavo antes que filósofo, decía que «no son las cosas las que nos perturban, sino nuestras opiniones sobre ellas». Aquí radica el giro radical: la realidad es neutra; el color se lo damos nosotros con nuestro juicio.

Asumir el estoicismo como camino parece una respuesta lógica ante la incertidumbre de un mundo hiperconectado y caótico. Nos permite crear una ciudadela interior donde las crisis políticas, las fluctuaciones económicas o las críticas ajenas no pueden entrar sin permiso. Sin embargo, surge la duda de si esta filosofía, llevada al extremo, no podría adormecer nuestro impulso de justicia social al aceptar como «incontrolable» aquello que, mediante la acción colectiva, sí podría ser transformado.

¿Es entonces el estoicismo un refugio de invulnerabilidad o una renuncia sutil a la pasión vital? Quizás la respuesta no sea adoptarlo como una religión rígida, sino como una herramienta de emergencia para los días de tormenta. Enfrentar la vida desde esta óptica podría ser el mejor antídoto contra la ansiedad moderna, o tal vez, solo una elegante manera de resignarse ante lo inevitable mientras esperamos que el tiempo, ese otro gran escultor estoico, termine por decidir por nosotros nuestro destino.

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