Rumbo a la Inquisición de los algoritmos

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RETRATOS HABLADOS

No sé qué tanto haya percibido usted durante los últimos años, una sentida disminución de la tolerancia en cualquier actividad del ser humano en México y el mundo. La política fundamentalmente, el periodismo de opinión, sobre todo en los foros que se ofrecen a los supuestos lectores, y las redes sociales, son los campos de pelea donde, está claro, nadie acepta que el otro pudiera tener razón, de tal modo que, en los casos más primitivos y bajo el amparo del anonimato, salen a relucir verdaderos sentimientos de odio criminal al otro, porque no piensa como uno. Y así, lo sabemos, no se puede ir a ninguna parte, porque sin acuerdos, aunque sean mínimos, no se avanza un centímetro del camino.

La intolerancia, nutrida al grado máximo por la facilidad con que se puede ofender, y aún lastimar a otra persona, sin que le pase nada al agresor, en tribunas donde abundan los idiotas que llamaba Eco, ha incluso avanzado de ese terreno propio de sus quehaceres, a las arenas de las plataformas digitales, para transformarse en una arma poderosa en manos de perfiles que suman cientos de miles de seguidores, buena parte adquiridos en la mercadería existente, que esgrimen prestigio, y turbas de apoyadores para hacer arder aún más los nuevos tiempos de la intolerancia, ya cercana a la Inquisición de otros tiempos.

Esta degradación del debate público ha sido diseccionada por grandes mentes de nuestra era. El sociólogo Zygmunt Bauman, ya nos advertía que las redes sociales operan como «zonas de confort» o cámaras de eco, donde los individuos no buscan el diálogo, sino el eco de sus propias voces, cancelando de inmediato cualquier disidencia. Por su parte, el filósofo coreano, Byung-Chul Han, señala en sus obras, cómo la digitalización ha destruido el respeto, eliminando la distancia necesaria para el entendimiento y sustituyendo el pensamiento crítico por el «enjambre digital», una masa ruidosa que arremete sin piedad contra el infractor ideológico del día.

Este linchamiento virtual y la polarización política extrema nos colocan en un peligroso umbral histórico. Si la intolerancia se institucionaliza, el destino final es la Inquisición. Aquel tribunal de la fe del viejo mundo no solo destruía cuerpos en la hoguera bajo el pretexto de purificar el alma, sino que aniquilaba la individualidad y el libre pensamiento. Quien difería del dogma oficial era tildado de hereje y borrado de la sociedad. 

Hoy, la hoguera ya no es de leña, sino de algoritmos y exclusión civil, pero el objetivo sigue siendo idéntico: infundir el terror ciego para uniformar las mentes. Cuando la política abandona la negociación y se convierte en una cruzada moral de buenos contra malos, la democracia muere y el absolutismo inquisitorial resurge, recordándonos que la barbarie humana nunca se extingue del todo, solo cambia de herramientas.

Obsérvelo usted en todos lados, a cada momento, incluso en el seno familiar, donde resulta imposible entablar una plática sin que se genere un verdadero enfrentamiento, porque uno descalifica al otro, el otro al que sigue, hasta que de pronto se descubre que los desacuerdos son artificiales si anteponemos la voluntad del amor, que deriva en la capacidad de escuchar con atención y reconocer que nadie, absolutamente nadie, puede ser poseedor de la verdad absoluta.

Nadie.

Mil gracias, hasta mañana.

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