POR EL DERECHO A EXISTIR
“Mujeres que saben latín…” escribió Rosario Castellanos en los años setenta, en un país donde el voto femenino apenas tenía un par de décadas de vida y donde pensar por una misma era casi un acto de desafío público. Aquella frase, que ella lanzó con ironía y lucidez, no solo nombraba el estigma social de la mujer instruida, sino que también anticipaba el precio que pagarían quienes se atrevieran a pensarse fuera del guion que el patriarcado había escrito para ellas. Rosario Castellanos sabía y expresaba desde la poesía, desde el ensayo, desde la vida misma, que la mujer que piensa es, para muchos, un peligro. Tanto por su rebeldía, como por su capacidad de nombrar lo que otros prefieren mantener oculto.
Su contexto, que hoy parecería casi ficticio, nos recuerda que no hay nada más temido por las estructuras de poder que una mujer consciente de sí. Porque la conciencia trae cuestionamiento, y el cuestionamiento expone las barreras estructurales que, todavía hoy, siguen diciéndonos que “las mujeres no pueden”. Estas barreras no son metáforas: son prácticas sociales, institucionales y culturales que nacen de un sistema decidido a mantener los privilegios masculinos intactos.
Ahí aparece lo que Celia Amorós ha descrito como el pacto patriarcal: ese mecanismo mediante el cual los hombres se reconocen, se protegen y se justifican entre sí a través de gestos mínimos, silencios oportunos y complicidades compartidas. Es un engranaje tan cotidiano que pasa desapercibido, pero lo suficientemente sólido para convertir la violencia en costumbre y la costumbre en destino.
¿Qué quedaría de los privilegios masculinos si los hombres dejaran de cubrirse unos a otros? Rita Segato explica que este pacto opera como una red que sostiene el mandato de la masculinidad: no necesita firmarse ni anunciarse, basta con repetirse en lo familiar, en lo común, en lo que parece natural. Su fuerza está precisamente en su invisibilidad.
La memoria no alcanza para describir todas las ocasiones en que estos pactos operan: desde los chistes que trivializan la violencia hasta casos monumentales donde el poder económico, político y social se entrelaza para proteger a depredadores, como ocurrió con Epstein. Pero no necesitamos ir tan lejos para ver cómo funcionan: basta observar la arena pública.
Allí, los pactos patriarcales se vuelven ascensos injustificados, omisiones deliberadas, privilegios normalizados y una impunidad a los agresores que parece impermeable. Incluso en instituciones que se declaran defensoras de los derechos de las mujeres, hay un peligro latente: la apropiación del discurso de género por parte de hombres que lo conocen a nivel conceptual, pero no lo comprenden a nivel ético.
Es cada vez más común observar a hombres hablar con elocuencia sobre igualdad, derechos sexuales y reproductivos, o violencia de género, mientras guardan silencio ante los abusos de sus colegas, mientras justifican a sus amigos, hablan hacia afuera, pero omiten mirar hacia lo más cercano, de esta forma sostienen (sin decirlo) el mismo pacto que dicen querer combatir. Se vuelven expertos en el discurso, pero no en la coherencia.
Y entonces, aunque haya más mujeres en espacios de poder, aunque avancemos jurídicamente, aunque la igualdad formal se vea más cercana, muchos hombres siguen moviendo los hilos. No siempre desde la fuerza, sino desde la validación mutua, desde el prestigio compartido, desde la autoridad que se otorgan entre ellos.
En el ámbito de la violencia política contra las mujeres en razón de género, la ley reconoce que la omisión también es violencia. Y es precisamente la omisión, mirar hacia otro lado, no intervenir, no señalar, la que muchas veces opera como un pacto patriarcal en estado puro. Omitir es permitir. Omitir es autorizar. Omitir es firmar sin tinta.
Por eso, romper el pacto patriarcal no es un gesto simbólico: es una decisión política. Es traicionar esa lealtad masculina que protege al agresor. Es alterar el orden de credibilidad que tanto ha costado desmontar. Es, sobre todo, cambiar el foco: dejar de cuestionar a las víctimas y comenzar a interpelar a quienes sostienen la violencia.
Romper el pacto es decidir que la vergüenza ya no será un castigo para ellas, sino una responsabilidad para ellos. Es tomar acción desde una óptica de justicia y no de una ceguera selectiva, es comenzar a preguntarnos en serio: ¿Quién decide cuando no deciden los hombres? ¿Y por qué seguimos permitiendo que decidan incluso cuando callan?



