DES-prográmate y Ámate
¿Y si dejáramos de aplaudir al maestro que puede con todo?
Porque cuando hablamos del Día Mundial del Docente, quizá valdría la pena mirar más allá del homenaje y el “gracias por enseñarme”.
Y aquí aparece una pregunta incómoda: ¿por qué admiramos tanto a las personas que aguantan todo?
Nos encanta el maestro que llega temprano, se va tardísimo, califica hasta la noche, compra materiales de su bolsillo, se aguanta el dolor de garganta y todavía sonríe como si nada. Le llamamos vocación, entrega, compromiso. Pero muchas veces estamos romantizando el agotamiento.
Hay una diferencia enorme entre amar lo que haces y desaparecer dentro de lo que haces. Piensa en ese profesor que siempre dice “yo puedo”. El que no ha ido al baño en horas, se toma el mismo café recalentado por tercera vez y, mientras intenta que treinta adolescentes no se maten entre ellos, además tiene que resolver una reunión con padres, un informe urgente y el proyector que decidió morir justo ese día.
Detrás de esa escena hay un cuerpo que lleva meses en modo resolver. Y el cuerpo no entiende de vocación. Si pasas el día pendiente de las necesidades de otras personas, anticipando problemas y apagando incendios, tu sistema nervioso permanece en alerta. El estrés sostenido puede afectar el sueño, el estado de ánimo, la concentración y la salud física. No es falta de carácter, es biología.
Recordamos a nuestra maestra favorita, pero quizá no sabemos qué le gustaba hacer un domingo. Poco a poco, la persona se vuelve “el profe de matemáticas”, “la maestra de español”. Como si su identidad terminara cuando suena el timbre.
Y ahí está el problema: cuidar a otros puede convertirse en una forma muy silenciosa de olvidarte de ti.
Son personas. Tienen hambre, sueño, problemas, límites y una vida que no debería quedar suspendida detrás de la puerta del salón. Por eso, quizá la pregunta no debería ser solamente “¿quién cuida al que cuida?”, sino “¿qué estamos haciendo para que no tenga que llegar al límite para recibir apoyo?”.
Hay condiciones laborales, horarios y cargas administrativas que también necesitan cambiar, el bienestar no puede depender solamente de cuánto aguanta una persona.
Pero desde lo individual sí hay algo importante: aprender a reconocer las señales antes de que el cuerpo tenga que gritarlas. Dormir, comer, descansar, desconectarte, pedir ayuda, poner límites y tener una vida fuera del trabajo no son premios por haber cumplido con todo, son necesidades.
Así que la próxima vez que tengas cerca a un maestro, quizá no le debas regalar otra taza que diga “el mejor profe del mundo”. Pregúntale cómo está. Pregúntale qué necesita. Respeta sus horarios. Y si eres docente, recuerda: no tienes que estar destruido para demostrar que te importa. La educación necesita maestros comprometidos, sí. Pero no necesita héroes agotados.
Porque enseñar también implica sostener, acompañar y cuidar. Y para poder hacerlo durante años, quien enseña también necesita un lugar donde poder ser persona.
Tal vez ese sea el homenaje que más hace falta.


