Un Adulto Responsable
En cada beso y con cada cicatriz. Algo pude entender.
De tanto que tropiezo, ya sé cómo caer…
Gitana – Shakira
Verte con otro
Me lo comentaron un par de amigos, pero uno siempre tiene esa maldita obsesión de verlo con sus propios ojos, esa curiosidad insana de confirmar lo que el corazón ya sospecha y entonces me quedé esperándote en la calle por la que sueles pasar para llegar a casa y lo vi, lo vi todo. Conocía al incauto y observé cada movimiento previo: suave, tierno, lleno de amor. Te besó tan dulcemente que, aquellos que dicen que saben amar seguro me podrán comprender, la rabia desaparece casi por completo y se vuelve una mezcolanza entre la alegría y el dolor, porque uno sabe cuando alguien de verdad quiere a la persona que amas. Y era el caso. Ojalá sean felices, porque una pequeña parte de mí siempre lo será al ver que alguien más fue lo suficientemente valiente y amoroso para no dejar pasar la oportunidad de salir contigo.
Después de la tormenta…
Habían sido días muy raros. Ya no quise acercarme a la cama para rezar contigo, porque el dolor te estaba consumiendo y mi presencia ahí hubiera sido inútil. Pero ese día en concreto me llamaste con mucha tranquilidad y acudí lo más pronto que pude, un tanto porque deseaba saludarte y otro tanto porque me sorprendió la quietud. Me pediste que me acercara y cuando estuve a solo unos pasos de la cama, soltaste la bomba: “abre la llave del gas y salte de la casa, por favor. Unos minutos bastarán para que deje de sufrir, no te preocupes, nadie te va a culpar de nada, yo ya dejé una nota”. Sé que no hablabas tú, era el dolor punzante y las ganas de tirar la toalla, pero no pude evitar llorar y salir de tu cuarto con la mayor tristeza que había tenido en mi corta vida.
Saberme fracasado
De vez en cuando me pregunto: “¿Qué hice todo este tiempo? ¿Por qué elegí este camino? ¿Me habría ido distinto con tal o cuál decisión? ¿Será demasiado tarde para luchar por los sueños inconclusos?”, y me entristezco.
Sé que no debería de hacerlo, porque en “este lado de la acera” también brilla el sol y hay cosas bonitas que he logrado, pero no me sale.
El síndrome del impostor es una cosa seria que afecta mi rutina y me hace dudar de mis capacidades, pero tal vez sea mejor así a creerme la “última Coca en el desierto”. Quién sabe. Lo que es cierto es que a veces, solo a veces, no puedo lidiar con esa pequeña voz en mi cabeza que dice: “No estás haciendo nada con tu vida, inútil”, “ya es muy tarde, se te fue la trucha” o “eso jamás lo podrás conseguir, Martincito”. No sé si solo mi subconsciente tenga la licenciatura en comedia, pero al menos el mío, en lugar de solo insultarme, generalmente le mete jiribilla a sus frases.


