RETRATOS HABLADOS
Uno pensaría que como estrategia de campaña, y luego para mantenerse en el poder, el discurso para dividir a la población del país entre “fifís” ricos, de coche lujoso y casa en privada, y por lo tanto corruptos sinvergüenzas; y los otros, el pueblo de los “pobres pero honrados”, de automóvil “sufridor” y de medio pelo, a lo que se suma una casa de interés social, había terminado por su insensatez, y porque simplemente ningún país puede ir a ninguna parte si el odio de clase, o como le quieran llamar, es la base y sustento de un régimen.
Por eso la ira de un pueblo cuando se trata de linchar, no al que se la hizo, sino al que se le pone a la mano en una circunstancia única en que puede lanzar patadas, puñetazos y uno que otro piquete de cuchillo desde el anonimato que representa ir en bola, o bien, trepados en el balcón de la internet con identidad inventada, pero profundo sentido de venganza por todo lo acontecido en una mísera existencia.
Y así no se va a ninguna parte. Porque ni todos los ricos, o clasemedieros aspiracionistas, son dechados de virtudes, pero tampoco de corrupción; así como tampoco la pobreza garantiza bondad y honestidad a carta cabal. No es así, nunca ha sido, y nunca será así.
Sin embargo, ese discurso y esa realidad funciona a las mil maravillas cuando se trata de temporada electoral, con todo y que, alcanzado el poder, y cuando desde la óptica del materialismo histórico se debe dar paso a una “dictadura del proletariado”, el hecho fundamental es que del compromiso se pasa al olvido, y del olvido a la imitación, aún más patética, de lo que hacían los que fueron corridos por decisión del pueblo.
Lo cierto es que un país dividido a rajatabla entre los fifís y los no fifís, no puede caminar a ninguna parte, mucho menos cuando aparecen por todos lados personajes ligados al crimen organizado, donde, cierto, no hay división de ningún tipo, porque todos, absolutamente todos, son sujetos de otra clase, incapaces de la compasión, de articular palabras que describan el mundo, porque su realidad se sujeta a un selecto grupo de ofensas en que la amenaza de muerte es el elemento fundamental.
El problema mayúsculo es que de esa promesa que anunciaba la inminente llegada a la tierra prometida, solo queda el esqueleto, cuando los antes especímenes encargados de masacrar, aporrear hasta desfigurar el rostro, hoy lucen cargos de elección popular y hasta proponen y aprueban leyes que modifican la Constitución.
Y ahí, sin duda, si debe existir esa división mínima pero vital: el poder no puede, ni debe estar en manos de ningún criminal, porque ahí la posibilidad de que todo se vaya al carajo, es una realidad.
Pero en la sociedad, la cotidiana, la del ir a dejar a los niños a la escuela, llegar a las oficinas, comer en casa o una fonda, pasear una vez al año si hay dinero, ahí, no puede ni debe seguir la estrategia absurda de crear una barrera imaginaria, donde en un lado están los ricos y clasemedieros, y el otro, los pobres que tienen la obligación de odiar a los primeros, y luego entonces, lo primeros harán lo mismo.
Así no vamos a ninguna parte, y en tanto los que apenas pueden balbucear media palabra para describir su mundo, escalan con misteriosa gracia, los escalones del poder, porque quienes debían impedir su crecimiento, solo están interesados en ver cómo hacen para regodearse en un poder que cada vez es menos de ellos, y sí de los otros.
Mil gracias, hasta el próximo lunes.



