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miércoles, febrero 26, 2025

¿Por qué las relaciones duran menos?

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LUZ DEL PENSAMIENTO

¿Por qué las relaciones duran menos? ¿Por qué son tan poco unidas? ¿Por qué son menos intensas? ¿Por qué ahora son tan diferentes? Los vínculos humanos han encontrado en la era moderna cierta fragilidad que las hace muy distintas a como se veían en el pasado, ¿es esto malo? Y si no exactamente ¿tiene algún efecto negativo en nuestras vidas que ahora sean así?

Para iniciar, este cambio en las relaciones y vínculos humanos no es reciente, pero es ahora donde ha alcanzado cierto nivel de cambio que es imposible no notar cotidianamente, e inclusive, dada la magnitud del cambio, es un proceso en el que muchas veces no se puede evitar participar. Las relaciones humanas han cambiado desde hace un buen tiempo, en su libro Amor líquido el sociólogo Zygmunt Bauman analizaría las permutaciones que registro un hombre que vivió el paso del siglo XX al XXI, de la modernidad a la posmodernidad. Y es en dicho ensayo que surge el concepto liquidez. Las relaciones humanas (románticas, sociales, familiares, etc.) abandonan las estructuras solidas del pasado por un mundo más flexible, volátil y plagado de incertidumbre. Por ello parece líquido, no tiene forma; una relación no parece una relación.

¿Que implica que una relación no parezca una relación? Que precisamente sea líquida, un líquido toma la forma de donde lo pongamos, pero no existe un molde para las actividades humanas, estas deben tomar forma por su propia cuenta. La era moderna se caracteriza por esa falta forma y por ello en las relaciones humanas abunda una carencia de estabilidad y compromiso. Sin esa rigidez, con bases sólidas y permanentes, ahora aparecen relaciones efímeras y desechables. La gente empieza a buscar relaciones rápidas, además de ello, sin verlo de esa manera, las personas toman —inconscientemente— el relacionamiento con los demás como una actividad económica, de consumo. Es decir, se abre un mercado y clases sociales en base a la cantidad y variedad de parejas.

Las relaciones modernas toman un modelo de consumo en el que adoptan la lógica del mercado, se da una comparativa de productos y de precios. Las parejas se eligen o descartan a conveniencia y aparece un miedo a pagar de más por una relación, el tiempo asume un valor obsceno y para evitar perder oportunidades se evita el compromiso. La estabilidad y las confrontaciones de vuelven poco agradables, así que cuando hay problemas se prefiere desechar al producto y comprar otro nuevo. Las relaciones terminan más rápido porque no se trabaja en sus problemas.

Más que relaciones —un espacio donde se mezcla la individualidad del uno con la del otro—, estos vínculos se tratan de conexiones; es decir, hay entrelazamientos superficiales y temporales, en lugar de convivencias profundas y duraderas. 

Por otra parte, la era contemporánea es un encierre con el Yo, las marcas, películas, series o historias de la vida cotidiana tienen un mensaje constante que aboga por el éxito individual, sobre no dejarse imponer por nadie, lograr nuestros sueños y luchar contra las opiniones de los demás. Estas son características buenas a simple vista, necesarias para ponernos en un lugar adaptado y que nos permita adueñarnos de nuestra existencia y sus responsabilidades, sin embargo, este necesario e imprescindible modo de ser viene expresado en estos mensajes bajo un subtexto de-socializante. El camino al infierno está lleno de buenas intenciones, la visión de-socializante viene desde un prejuicio, una desestimación de la sociedad. Esta tendencia ha ganado relevancia y se ha acomodado silenciosamente en la cotidianeidad. Cada que enunciamos —expresamos— palabras como la sociedad o la cultura (mexicana, hidalguense, pachuqueña…) pareciera que tomáramos distancia, una cosa es “la sociedad” y otra “yo”, marcamos una diferencia que en revisión estricta es difusa, pero con la que inconscientemente dejamos en claro que no nos reconocemos en la sociedad, aunque siempre pertenecemos o participamos en ella. En las relaciones humanas reina una preferencia por sentir cierta autonomía sobre los demás, en relaciones de pareja, se resume en un rechazo o miedo por la intimidad real.

El amor se ha individualizado, se ha convertido en un acto narcisista ¿es el amor moderno malo por eso? No precisamente, de hecho, le hacía falta al amor romántico del siglo XX un poco de narcicismo para las poblaciones vulnerables de clase o género que sufrieron bajo esta manera formal de amor. El tema es que por las formas económicas el amor ha encontrado ahí una guía para su nuevo desarrollo y se vuelca a narcisismo negando al otro, viéndolo como una simple mercancía, algo que poseer. Las relaciones humanas han mutado, se han hecho efímeras, frágiles, sin intimidad, utilitarias, desechables, llenas de alternativas, pero con poca profundidad y confianza. Se teme que al estar en ellas se pierda la libertad de comprar nuevos artículos. Por lo que era moderna se caracteriza porque las relaciones humanas se siembran en realidad bajo un proyecto individualista.

El narcisismo se adueña del amor, esto le da su liquidez, Una relación puede parecer ser una o no, porque su vínculo no le da forma, no lo tiene, si llega a tener alguna forma la única que en realidad tiene es la de un deseo narcisista. Alguna vez Freud dijo: “aquellos que aman renuncian a una parte de su narcisismo”, las relaciones que comienzan su escritura desde el narcisismo fracasan, no podemos ver una relación desde el yo, pues una relación siempre se escribe desde el «nosotros». Es nuestro deber abandonar nuestro narcisismo no solo en el contexto romántico, también en el familiar y social si queremos vínculos de verdad.

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