POR EL DERECHO A EXISTIR
Hacer tamales es entrar en un espacio ritual. Desde que se comienza a preparar la masa, se siente que algo más está ocurriendo
En la cocina tradicional mexicana, preparar comida no es simplemente seguir instrucciones. Es un acto profundamente simbólico, una ceremonia que convoca saberes antiguos, energías invisibles y vínculos comunitarios. La comida, en este contexto, no solo se cocina: se invoca, se cuida, se respeta. Y entre todos los platillos que condensan esta magia, los tamales ocupan un lugar especial.
Hacer tamales es entrar en un espacio ritual. Desde que se comienza a preparar la masa, se siente que algo más está ocurriendo. En algunos lugares representa hasta un acto de resistencia, en mi comunidad, por ejemplo, algunas familias conservan la tradición que quien inicia la preparación de los tamales debe terminarla y no puede abandonar antes esta labor, lo complejo de esto es cuando se realiza para actos con multitudes, como las fiestas o los velorios, que se hacen donde la cantidad se cuenta en cientos, que implica amasar, untar, envolver y cocer.
En algunos lugares el ritual inicia con persignar la masa, la manteca y finaliza con poner sal en la tapa de la olla, las manos que amasan no solo mezclan ingredientes, también transmiten intenciones, emociones, deseos. Por eso, se dice que no se debe discutir cerca de la olla donde se cuecen los tamales. Las palabras duras, los enojos, las tensiones pueden “cortar” la cocción. Las personas lo dicen con tanta devoción que hasta parece que los tamales son sensibles, escuchan, sienten, así que más vale mostrar una buena actitud al ponerse el mandil para preparar. Si hay discordia, pueden salir crudos, duros o “pintos”, con manchas que revelan que algo no estuvo bien en el ambiente.
También se cree que las mujeres embarazadas no deben participar en la elaboración. No por exclusión, sino por respeto a la fuerza que llevan dentro y la cosa se pone peor si se le antoja, eso augura un nuevo ritual, tanto para la olla, como para quien procrea, pues los antojos en el embarazo es un tema de total seriedad. En este sentido, la cocina se convierte en un lugar donde se negocia, donde se busca armonía para que el alimento nazca bien.
Aquí un fragmento que me ha compartido mi hermana mayor: “Primero le amarras las orejas a la olla con los cachitos de las hojas de tamal y le dices: “Mira cómo eres burra. Te pongo tus orejas para que te dé vergüenza. Y te voy a dar tus manazos por floja” y le das unos buenos con la franela húmeda y abajo de la olla le pones unos tres chiles verdes, ahí se los dejan, no se los quites, le dices: ‘apúrale o te doy otra por floja’”.
Estas expresiones no son acto de la violencia, sino de la firmeza, como quien despierta a alguien que se ha quedado dormido, a veces hasta hay que bailarse a la olla. Es un gesto que mezcla humor, sabiduría y fe. Porque en la cocina tradicional, todo tiene alma: la masa, la olla, el fuego, el vapor. Y a veces, basta una palmada (o varias) para que todo se acomode.
Estos rituales no están escritos en los libros de cocina, pero viven en la memoria de las abuelas, son herencia de las hijas y nietas, en las historias que se cuentan mientras se espera que el vapor haga su trabajo, mientras la moneda suena al son de flama. Son parte de un saber que no solo alimenta el cuerpo. Hacer tamales en mi comunidad es todo un ritual, una comunión de saberes, un compartir de risas o lágrimas, pero nunca de enojo. Porque la sentencia está firmada, si hay disgusto, no se podrán alimentar a las y los comensales, para celebrar o despedir la vida.