TLAMATINI
“Befindlichkeit”
Para Martin Heidegger nuestro ser se presenta como un problema, una cuestión abierta que continuamente tiene que resolverse. Prácticamente nos preocupamos por nuestro ser de una manera en que un perro no lo hace. La diferencia radica en el cuestionamiento: el ser humano es el único, hasta la fecha, que puede preguntarse “¿quién soy?”. Un perro, hasta donde se conoce, no puede hacerlo. El pensamiento hace que en el ser humano se manifiesten ciertas propiedades que lo diferencian de las demás especies. El perro… el perro solo es; no tiene que tomar ninguna decisión para ser lo que es. Pero algo más que caracteriza al ser humano es que puede preguntarse por cómo es. Yo crecí en Actopan y me gusta moverme de un lugar a otro. Aunque en mi camino me he encontrado con otros hombres por distintos estados y países, interpretamos de forma diferente nuestra existencia.
Por ejemplo, si me encuentro a un perro en la calle, lo miro a los ojos, lo saludo y, si se acerca, me detengo para decirle “no me muerdas” o para exclamar “vete”. Siento que me entiendo mejor con ellos que con algunas personas. Nuestro lenguaje es simple, intuitivo. Por eso un perro puede reaccionar y morderme si intuye que siento miedo o represento un peligro. Aún así, también son dóciles y juguetones cuando no han sido atormentados por otros seres humanos. Si, por el contrario, alguien los ha tratado mal, estarán condicionados a ver al ser humano como una amenaza, por lo que mostrarán sus colmillos o se alejarán. Creo que así son los perros. No me he especializado en caninos, pero me gusta observarlos, ya que cuando era niño no podía acercarme a ellos: les tenía mucho miedo. Tardé toda una vida para poder confiar en ellos. Quizás mi desconfianza la proyecto en esto que comparto.
El miedo que sentí por muchos años hacia los perros expresó una condición en mi existencia. Antes de comprender la causa, me descubrí ya arrojado a una condición o disposición afectiva (Befindlichkeit). Experimenté el miedo sin entenderlo, un sentir en carne propia que la existencia nos precede a la explicación. Cuando comencé a preguntarme «¿cómo es que siento tanto miedo cada vez que me encuentro con un perro?», pude darle un sentido que reveló, con el tiempo, una respuesta. Quizás peco de vanidad, pero desde niño he sido muy preguntón y los cuestionamientos siempre los he tenido. Afortunadamente coincidí con alguien que me ayudó a darle claridad a toda esa experiencia.
Pero el perro que fue atacado en Tecámac por un policía —quien es, por cierto, un instructor de tiro— no tiene esa capacidad de comprender por qué es corrido de una banqueta en donde parece descansar. Simplemente escucha o tal vez siente un disparo y se levanta aturdido. Su instinto lo hace moverse, pero el hombre que tiene el arma se siente con el poder y el derecho de matarlo por verlo solo como un animal, y lo remata hasta dejarlo tirado en una calle del fraccionamiento.
Ese perro, como muchos gatos y animales que son expuestos al maltrato y a la violencia humana, es un claro ejemplo de cómo mueren: asustados y con miedo, quizás por no ser capaces de comprender el mundo y el comportamiento humano. Quizás el infierno lo crean esas personas que no tienen respeto por otro ser vivo. Quizás el infierno habita en nosotros porque somos parte de él. O quizás solo no sabemos cómo tratar a otras especies porque algo nos hizo odiarlas y detestarlas. No lo sé. Odio no tener respuestas.



