Espejos de la realidad
Hace unos días, mi amiga Fernanda (@f.rimmore), psicóloga y maestra, subió una historia a close friends que me causó ruido, le pregunté si podía utilizarla como inspiración para esta columna, me dijo que sí.
Contaba su frustración frente a algo que se repite en sus clases de sociología de la educación y psicología social. No es que sus estudiantes no sepan responder cuando se les pregunta por lo que ocurre en el mundo. Es que, muchas veces, no les interesa hacerlo.
Ella, contaba en sus historias, que no va al salón con la intención de imponer una postura ni de decir qué está bien o qué está mal. Su punto de partida es abrir preguntas. ¿Ubican lo que ocurrió en Venezuela? ¿Qué posición les genera lo que sucede hoy en Estados Unidos? A veces no saben. Y eso, en sí mismo, no es un problema.
El problema aparece en otro lugar. Cuando la conversación empieza a incomodar, cuando obliga a salir del terreno neutro, aparece el cansancio. “Ay, maestra, ya nos estresamos”.
Pensar estresa. Eso no es nuevo. Pensar exige tiempo, atención y la disposición a sostener contradicciones. Lo que parece haber quedado atrás es la relación con esa incomodidad: cuando deja de entenderse como parte del aprendizaje y empieza a vivirse como una falla del propio ejercicio educativo.
No se trata de culpar a los estudiantes que, seguramente, cuentan con otras preocupaciones y ocupaciones, la desafección (palabra que encontré justamente para hacer esta columna) no surge en el vacío. Vivimos en un contexto que privilegia la inmediatez, que fragmenta la atención y que convierte cualquier malestar en algo que debe resolverse rápido o, de plano, eliminarse. En ese marco, pensar, pensar en serio, se vuelve una actividad poco atractiva.
Lo inquietante dice mi amiga no es la ausencia de posturas políticas claras, sino la ausencia de implicación. La idea de que es posible formarse profesionalmente sin posicionarse mínimamente frente al mundo en el que esa formación tendrá lugar. Como si la realidad social fuera un fondo opcional y no el terreno mismo sobre el que se construyen la docencia, la psicología o cualquier práctica que trabaja con otros.
Quizá el reto hoy no sea enseñar qué pensar, sino insistir en algo más elemental: que pensar importa. Que incomodarse no es un error, sino una condición. Y que evitar esa incomodidad no nos vuelve más libres, sino más ajenos al mundo que, queramos o no, ya estamos habitando.



