RELATOS DE VIDA
Empezó con dolor en el pecho, sudoración fría y muchas ganas de ir al baño. Sus jefes, al notar la incomodidad, la trasladaron al hospital y una vez en la sala de urgencias le tomaron signos y la dejaron sentada a esperar su turno para ser atendida.
Para los médicos en turno, los síntomas que presentaba no representaban una amenaza de muerte como aquellos que llegan sangrando a borbotones, o con una extremidad rota, o bien las vísceras o la masa encefálica al descubierto.
La mujer esperó pacientemente, creyendo que si no la habían pasado a un cuarto es porque se encontraba bien, y solo era algo pasajero que no requería de alguna intervención médica de emergencia.
El tiempo transcurría y ella permanecía sentada en la sala de urgencias, observando la llegada de pacientes, el movimiento de recepcionistas y médicos, los gritos de dolor y el llanto de desesperación de algunos familiares al ver a su enfermo en terrible estado.
Más de 3 horas estuvo con su malestar, y a cada minuto se sentía más agudo, más persistente, pero trataba de aguantar, pero su cuerpo ya no pudo más, y simplemente se desvaneció de la silla hasta caer al piso, momento que despertó la atención de visitantes y propios médicos que corrieron a socorrerla.
Tomaron nuevamente signos vitales pero ya no contaba con ellos, su pulso dejó de sentirse, su respiración ya no existía, y su angustia se había esfumado, la declararon muerta y la levantaron para acomodarla en una camilla para iniciar con los trámites legales.
La colocaron en el pasillo, mientras llegaban familiares y autoridades, nadie hablaba al respecto, hasta el cambio de turno, cuando le daban el informe al médico que entraba, una persona de edad avanzada y con mucha experiencia.
Se acercó al cuerpo para conocer a la víctima, le tocó la muñeca de la mano para corroborar que no había pulso, y volvió a colocar la sábana sobre la cara de la mujer, y fue en ese preciso instante que un suspiro se dejó escuchar y de manera inmediata el bulto se incorporó sobre la camilla.
La reacción tomó por sorpresa al médico, a quien la impresión le originó taquicardia y enseguida un infarto para caer de forma estrepitosa al piso, los acompañantes trataron de reanimarlo, lo llevaron a una cama, y continuaron con el protocolo, pero nada pudieron hacer.
En tanto en la camilla del pasillo permanecía la mujer sentada, milagrosamente había vuelto a la vida, su diagnóstico posterior fue “Síndrome de Lázaro” o autoresucitación, en donde la circulación sanguínea y el ritmo cardiaco regresan de manera espontánea, tal cual pasó con el santo en un pasaje bíblico, pero nadie lo identificó hasta que provocó el impacto y la muerte del médico que comenzaba con el turno.



