Un adulto responsable
Porque la quería, no amarré sus sueños
a las cuatro patas de esta cama fría…
Porque la quería – Edgar Oceransky
¡Salud!
Mientras todos en la fiesta gritaban al unísono “padrino, padrino”, él se acercó lleno de nervios. Aunque dentro de su corazón sabía que confesar su amor por la novia solo iba a complicarle la vida a muchas personas. Deseaba hacerlo, quería que ella supiera por fin que aquellos lindos detalles que tuvo toda la vida con ella significaban mucho más para él que una simple amistad. Pero cuando por fin alcanzó el micrófono y cruzó miradas con su amada, también captó un detalle muy importante, su prometido la veía con tanto amor, que supo que no habría nada que él pudiera hacer o decir que no les destruyera el alma a los recién casados, por lo que se limitó a sonreír, soltar un discurso emotivo pero sin rayar en los extremos, decir “¡salud!” y volver a su lugar. Después de todo, si decía amar a esa mujer, debía respetar el que no lo hubiera elegido.
Haz el bien sin mirar a quién
Leyó el nombre, lo releyó, cerró y abrió los ojos con rapidez, por si acaso soñaba, pero no. Todo era verdad. Estaba atendiendo a su padre. El hombre que los abandonó por seguir una vida llena de excesos estaba ahora frente a él con dolores de una extraña enfermedad. Pensó en reclamarle, en humillarlo, en hacer cualquier cosa que denunciara su cobardía, y le diera una oleada de paz. Pero no pudo. No fue capaz de hacer cualquier cosa que pudiera dañarlo, lo examinó con detenimiento y fue un médico dedicado que solo se presentó bajo su nombre de pila. Cuando al fin se mejoró y su padre le prometió que ahora cambiaría su vida. Ya sin rencores, le despidió con un abrazo no muy profesional pero sumamente emotivo. Quizá así sea mejor con algunos dolores, nunca revelar su fuente.
Una herida abierta
Se bañó, se puso su vestido más lindo, y al tiempo de escuchar a Serrat se arreglaba minuciosamente, cuando por fin estuvo lista, escuchó vibrar el celular, su hijo amado llegaría tarde. “Ese hombre nunca cambió, siempre impuntual”, pensó para sus adentros. Total, no había prisa, solo quería sentirse acompañada nuevamente. Desde la muerte de su esposo (hacía años ya), era la primera vez que saldría en una “cita”, así que no tuvo inconveniente en esperar un rato más. Pasó la media hora que había dicho él, luego una y dos. Y por fin recibió una llamada, su nuera preguntaba por su esposo. Él ya nunca llegó, ni a la casa de ella ni a la de él. Un hombre que manejaba alcoholizado acabó con su vida prematuramente, dejando a su madre con el corazón destrozado. A veces las heridas en el alma vienen sin querer de las personas que más nos aman.


