DES-prográmate y Ámate
En noviembre hablamos mucho de quienes ya no están. Ponemos flores y fotografías para recordar a quienes dejaron huella en nuestra vida. Pero hay ausencias que no aparecen en las ofrendas: las versiones de nosotros que dejamos de ser cuando alguien se fue.
Cuando termina una relación, alguien muere, nos mudamos o los hijos crecen, no perdemos solamente una presencia. Dejamos de ser la pareja de alguien, el amigo que compartía ciertos planes o la mamá que tenía a sus hijos pequeños en casa. A veces lo que más duele no es solo extrañar al otro, sino extrañar quiénes éramos cuando estaba ahí.
A mí me pasó cuando murió mi mejor amigo. Lloré su ausencia y también a la amiga que ya no volvería a ser con él. Una parte de mi identidad se quedó sin ese lugar. Y eso también es duelo, aunque no siempre sepamos nombrarlo.
Superar una pérdida no significa borrar el vínculo. Recordar a alguien o conservar ciertas costumbres no es estar atrapados en el pasado. Podemos construir una relación distinta con lo que perdimos y seguir viviendo.
La memoria tampoco es una grabación exacta. Cuando extrañamos, solemos mirar el pasado con un filtro: aparecen las risas y los momentos bonitos, mientras los conflictos quedan fuera de cuadro. Por eso podemos extrañar a alguien y olvidar, por un rato, lo complicado que también era estar con esa persona. No significa que todo fuera perfecto; significa que la nostalgia selecciona.
El cuerpo también participa en ese recuerdo. La ausencia puede sentirse como un nudo en la garganta, presión en el pecho o tensión en los hombros. Podemos hacer una pausa, respirar y preguntarnos: ¿dónde estoy sintiendo esta ausencia? Reconocerla nos ayuda a volver al presente, el lugar desde el que todavía podemos construir.
Hay algo más que complica el duelo: la culpa de estar bien. Como si volver a reír o disfrutar una nueva etapa fuera una traición a quien se fue o a quien fuimos. Pero avanzar no es olvidar. No tenemos que quedarnos sufriendo para demostrar que algo nos importó. Podemos llevar esa historia con nosotros y permitirnos vivir cosas nuevas.
Por eso me gusta pensar en una ofrenda distinta: un pequeño altar para las versiones que fuimos. Podemos agradecerles lo que nos enseñaron y preguntarnos qué vale la pena recuperar. Tal vez extrañamos la risa que compartíamos con alguien; esa risa todavía puede encontrar otros espacios. No se trata de regresar a aquella vida, sino de cuidar lo que esa etapa despertó en nosotros.
Recordar completo también significa no idealizar. Hubo momentos hermosos y otros difíciles. Una historia puede ser importante sin haber sido perfecta.
Si hoy extrañas a alguien o a quien eras en otra época, date permiso de recordarlo. Mira una fotografía, escucha esa canción y pregúntate: ¿qué parte de aquella versión de mí puedo traer al presente? No para volver atrás, sino para seguir creciendo con lo aprendido.
En el marco del Día de Muertos, hagamos espacio para quienes ya no están y para esas identidades que cambiaron con las despedidas. No se trata de olvidar, sino de recordar con cariño y con verdad. La vida sigue, y nosotros también: no sin nuestras pérdidas, sino transformados por ellas.


