EL PEQUEÑO TIMMY
Vino la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo a Hidalgo y, según cuentan las malas lenguas, los responsables del sector salud, particularmente del IMSS-Bienestar, hicieron hasta lo imposible para que las unidades médicas incluidas en su recorrido lucieran impecables, con personal suficiente y medicamentos hasta para aventar al cielo. Sin embargo, la luna, que todo lo ve, vino a contar que hasta medicinas de Pachuca se llevaron y que contrataron personal eventual en la región para montar un escenario de éxito que sabrá Dios si se creyó la presidenta.
La visita presidencial puso a prueba a los funcionarios estatales, quienes, en lugar de exhibir las carencias para buscar soluciones, presuntamente se empeñaron en ocultarlas. Cuando se fue «la doctora», como llaman a Claudia Sheinbaum, el aire contenido salió convertido en suspiros, eructos y pedos. Dicen que algunos hasta celebraron la hazaña, como celebran cada vez que consiguen hacerle creer al gobernador Julio Menchaca Salazar que todo marcha de maravilla.
El problema con estos funcionaruchos de quinta no es solamente que mientan, sino que han convertido la simulación en una forma de administrar. No ocultan el desastre mientras buscan resolverlo; lo esconden, lo dejan crecer y, para colmo, terminan creyéndose sus propias mentiras. Y ahí es donde la puerca torció el rabo.
Porque no se tapa el sol con un dedo. No se puede presumir que los hospitales funcionan al cien por ciento cuando faltan medicamentos, insumos y personal. Mucho menos cuando un puñado de trabajadores sostiene servicios enteros mientras otros, esos recomendados que parecen tener plaza vitalicia en el reino de la huevonada, cobran puntualmente sin cumplir con sus responsabilidades. Algunos acumulan quejas y señalamientos, pero siguen tan campantes, convertidos en parásitos de un sistema que castiga al eficiente con más trabajo y premia al inútil con impunidad.
Y aquí hay que distinguir, porque no todos los trabajadores del sector salud merecen que los metan en el mismo costal. Están los médicos, enfermeras, camilleros, administrativos y demás trabajadores que verdaderamente tienen vocación de servicio. Los que corren buscando una torunda, los que se apenan cuando deben decirle a un paciente que no hay medicamentos, los que intentan desenredar los trámites burocráticos y los que, a pesar del cansancio, todavía encuentran fuerzas para regalar una sonrisa. Son ellos quienes mantienen funcionando un aparato que demasiadas veces parece empeñado en trabajar contra sí mismo.
Del otro lado está la porquería que permite que las deficiencias se vuelvan costumbre. Ahí están las horas de espera pese a tener una cita programada, las consultas que deben reagendarse porque no hay quien cubra al especialista ausente, las recetas que tienen que rehacerse porque el medicamento nunca llegó y los pacientes que van de ventanilla en ventanilla, de oficina en oficina y de consultorio en consultorio, prácticamente rogando por atención.
Y no, no estoy diciendo que los médicos no tengan derecho a vacaciones, incapacidades o descansos. ¡Faltaba más! Lo que resulta inadmisible es que las autoridades no tengan capacidad para garantizar la continuidad de los servicios y todavía presuman que todo funciona de maravilla. Eso tiene nombre: deficiencia administrativa, insuficiencia de personal y una gestión incapaz de responder a las necesidades de los derechohabientes.
Pero el asunto no termina en los escritorios de los directivos. También alcanza a las dirigencias sindicales que deberían defender a sus agremiados y exigir condiciones dignas de trabajo. Porque un sindicato que guarda silencio frente a las carencias, que tolera los abusos o que prefiere mantener buenas relaciones con los de arriba antes que escuchar a los de abajo, termina traicionando la razón de su existencia.
Y mientras los trabajadores del IMSS salen a las calles para denunciar la falta de insumos, exigir mejores condiciones laborales y cuestionar a sus representantes sindicales, hay quienes todavía pretenden vendernos la historia de que todo está bajo control. ¡Qué poca madre!
La administración tiene que responder por los medicamentos, las contrataciones, la organización de los servicios y la atención a los pacientes. El sindicato, por su parte, debe responder a los trabajadores que representa. Cada quien tiene responsabilidades distintas, pero ninguno puede hacerse el idiota frente a una crisis que padecen tanto quienes trabajan en los hospitales como quienes necesitan de ellos.
Engañar a la presidenta, al gobernador o a cualquier otro funcionario, si eso es lo que se pretende, no resuelve absolutamente nada. Las medicinas no aparecen por decreto, las plazas vacantes no se cubren con discursos y las enfermedades no esperan a que termine una visita oficial.
Lo más grave es que la factura de tanta simulación la pagan primero los trabajadores responsables, aquellos a quienes se les exige hacer más con menos, y después los derechohabientes, que reciben las consecuencias de un sistema incapaz de reconocer sus propias deficiencias.
Por eso, aunque a los funcionaruchos les incomode y a los dirigentes sindicales les arda, hay que decirlo con todas sus letras: la lucha de los trabajadores del IMSS también es nuestra.
Porque cuando un trabajador de la salud exige medicamentos, personal suficiente y condiciones dignas para cumplir con su labor, también está defendiendo el derecho de los pacientes a recibir atención. Y por más que quieran esconder la caca debajo de la alfombra, tarde o temprano el olor termina saliendo.


