EL PEQUEÑO TIMMY
La ley establece que, después del informe anual de labores del gobernador en turno, los integrantes del gabinete estatal deben comparecer ante el Congreso, esto es un ejercicio para “rendir cuentas” (según). Este año no ha sido la excepción, aunque, por lo visto hasta ahora, el ejercicio ha quedado a deber. Muchas preguntas siguen sin respuestas claras y otras parecen perderse entre felicitaciones, elogios y discursos que poco tienen que ver con las necesidades de los hidalguenses.
De los 30 diputados locales, parece que quienes mejor entienden el significado de una comparecencia son Claudia Lilia Luna Islas, del PAN, y Marco Antonio Mendoza Bustamante, del PRI. Movimiento Ciudadano ha tenido algunos intentos rescatables y párale de contar, salvo intervenciones puntuales como la de Tania Meza Escorza, de Morena, quien cuestionó a la titular de la Secretaría de Cultura, Neyda Naranjo, sobre el presunto parentesco con una persona que trabaja como su secretaria particular.
Pero fuera de esos momentos, un ejercicio que debería servir para cuestionar a los funcionarios se ha convertido en un desfile de adulaciones y lambisconería que da vergüenza ajena. ¡Válgame Dios! Con tantos problemas que enfrenta Hidalgo, hay diputados que prefieren desperdiciar su oportunidad de preguntar para quedar bien con el funcionario sentado, como rey, en el banquillo del Congreso.
Y no es que deban pelearse con los secretarios ni convertir cada comparecencia en un espectáculo. Simplemente tendrían que recordar que representan a los ciudadanos, no a los integrantes del gabinete. Preguntar, insistir y exigir respuestas no debería ser una hazaña legislativa, sino parte elemental de su trabajo.
Lo verdaderamente preocupante es que el espectáculo no termina en el recinto legislativo. También se busca que las transmisiones en redes sociales estén acompañadas de aplausos digitales, comentarios de agradecimiento y muestras de respaldo que, lejos de surgir espontáneamente, parecen responder a instrucciones perfectamente organizadas.
Hay mensajes dirigidos a beneficiarios de programas sociales en los que se solicita participar durante las comparecencias, publicar comentarios favorables, utilizar etiquetas obligatorias y enviar capturas de pantalla como evidencia. Incluso se establecen momentos específicos para intervenir en la transmisión y se menciona esa participación como una actividad previa al cobro del apoyo.
¡Hágame usted el favor! ¿Desde cuándo agradecer públicamente a un funcionario forma parte de las actividades previas al cobro de un programa? ¿Acaso los apoyos se entregan para que los beneficiarios se conviertan en porristas digitales del gobierno?
No se trata de cuestionar a los estudiantes, beneficiarios, ni a los trabajadores que reciben esas indicaciones, sino a quienes consideran necesario organizar semejantes muestras de respaldo. Una cosa es informar sobre las actividades gubernamentales y otra muy distinta promover agradecimientos y pedir pruebas de participación.
Lo peor es que semejantes prácticas terminan por desvirtuar todavía más un ejercicio que debería ser de interés público. Mientras unos diputados felicitan y otros funcionarios presumen resultados, las preguntas incómodas quedan pendientes y los problemas cotidianos de la población siguen esperando respuestas.
Podrá decirse que estas costumbres también existieron durante los gobiernos del PRI en Hidalgo. Quizá. Pero eso no las justifica ni vuelve menos cuestionable el descaro con el que ahora se organizan. Al final, las comparecencias parecen servir más para cumplir con el calendario político que para explicar qué se ha hecho, qué falta y por qué las cosas no funcionan como deberían.
Y todavía quedan funcionarios por comparecer. ¡Qué emoción! Más discursos, más felicitaciones y posiblemente más aplausos previamente organizados. Porque si algo han demostrado estos ejercicios es que rendir cuentas y cumplir con el mero trámite político no son, ni de lejos, la misma cosa.


