Digan lo que digan, al menos en la memoria de los habitantes, la ciudad guarda rincones que el tiempo y la urbanización se han encargado de borrar. Tulancingo, Pachuca y otras regiones de Hidalgo están viendo cómo desaparecen edificios, cines y parques que fueron el corazón de la vida social, mientras los crímenes arquitectónicos se esconden a la opinión pública bajo la bandera del progreso, sumado a veces a la omisión y el descuido de las autoridades locales.
No es un hecho aislado, es el pésimo actuar que han tenido diversas administraciones respecto al patrimonio histórico. Todos lo señalan así en las calles: el voto que le dio el triunfo a los actuales gobiernos municipales, que más tardaron en asumir el cargo que en autorizar demoliciones para centros comerciales o estacionamientos, fue un voto de confianza que hoy se siente traicionado. Se esperaba un gobierno sensible a la identidad y a la historia, cobijado por la ideología de la conservación, pero la realidad ha sido muy distinta.
Nuevamente, el sector empresarial se ve beneficiado por perfiles emanados de sus filas que podrían saber mucho de bienes raíces, pero nada de la administración pública, el valor histórico y la política cultural. Se ha comenzado a ver cómo se pierden fachadas centenarias por intereses particulares, y no es que lo diga yo, sino la gente del municipio que asegura que solo se ve movimiento en las colonias cuando se trata de pedir el voto, pero para proteger el patrimonio, no han regresado para nada.
Y mientras la gente se pregunta: ¿Dónde están los encargados de cultura y desarrollo urbano? Hay edificios derribados, hay barrios amedrentados por la gentrificación, hay crímenes contra la memoria histórica sin resolver. Hay corrupción en las dependencias donde se otorgan los permisos de construcción y hay un abuso de poder que silencia a los cronistas y trabajadores de diversas áreas con tal de no perder su empleo ante la prepotencia de ciertos directores.
¿Dónde quedó el espíritu humanista de la administración? La gente se siente robada, engañada y traicionada al ver cómo su entorno cambia sin consulta alguna. El gobierno local pareciera ir en contra de lo que pregona la transformación, y si no fuera por el interés de algunos grupos de la sociedad civil y el apoyo que a veces llega de la Federación, seguramente ni la mínima placa conmemorativa tendría la gente para recordar su pasado.
Sea la culpa de quién sea, no se ha visto la mano firme para detener la destrucción del paisaje urbano. No hay estrategia, no hay acciones concretas, no hay un gobierno que dé la cara y resuelva la problemática de la pérdida de identidad. ¿De qué sirve señalar culpables si el estado que impera en la región es el de la impunidad ante la piqueta?
Ya lo dijo el pueblo: no se equivoque, señora presidenta o señor alcalde, todos saben quiénes son los que lucran con el suelo urbano. Lo que no se sabe es cuándo y dónde van a poner un alto. ¿Cuándo habrá resultados? ¿O el pueblo tendrá que esperar a que la víctima sea el último edificio histórico de la zona para que por una ocasión siquiera vean que sí hay una pérdida irreparable?
Lo que no está en duda es que la identidad de nuestras ciudades está en llamas. La gente está preocupada, tiene temor de perder sus raíces y también acumula un gran rencor contra quienes permiten que estos lugares dejen de existir más que en las fotos amarillentas.




