La vocación del médico

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Estamos cerca del Día del Médico y este año será muy especial, porque será el último que mis hermanos pasarán como “estudiantes” y quizá también represente el final de la carrera en activo de mi papá. Ojalá que sí, ya se merece un buen descanso, porque afortunadamente logró realizar a cabalidad su misión. ¡Ha sido y siempre será un gran doctor!

Desde aquí, desde mi trinchera, quiero aprovechar estas líneas para homenajear a todas las personas que se decidieron por una carrera tan noble y tan complicada, para la que se necesita verdadera vocación. Porque ser médico puede sonar muy glamuroso y especial, pero no lo es.

Para empezar, se necesita valentía y paciencia: la primera, porque no cualquiera es capaz de dar un paso al frente cuando la vida de alguien más está en peligro (es más, están los que se desmayan al ver un poquito de sangre); la segunda, porque la medicina cambia casi día por día. Una práctica que hoy es innovadora mañana puede quedar obsoleta. Y en cuestión de la vida humana, los médicos no pueden darse el lujo de no estar actualizados.

Después, tienen que tener resiliencia. No toda la gente puede con los sacrificios: la medicina te va a robar horas de sueño y de convivencia familiar; te va a quitar la fe en la humanidad; te va a desensibilizar a la muerte y al dolor. Un buen médico no puede mostrarse sentimental ante las malas noticias que generan algunos casos, pero tiene que ser la persona más empática que conocerás (cuando hay vocación). Una dicotomía difícil de entender y aún más, de practicar.

La vida del estudiante de medicina no es fácil, para llegar hasta el ansiado examen profesional deben estudiar al menos siete años y cuando logran por fin logran titularse, los posgrados se vuelven como un vicio. Que si la especialidad, que si la subespecialidad; y al final, cuando logran llegar a la alta especialidad, algunos desean volver a empezar. ¡Una verdadera locura!

Cabe destacar que mientras recorren ese largo camino, algunos ganan muy poco, comen mal o peor… Olvidan muchas de las cosas que prometieron durante el juramento hipocrático y comienzan a dejarse llevar únicamente por las recompensas económicas y el prestigio que la carrera trae de forma inherente. Prestigio que merma gracias a esa ambición desmedida y promesas olvidadas.

Un buen médico debería ser aquel que entendió que la vocación debe volverlo más humano y que encuentre en cada uno de sus pacientes un prójimo al que debe ayudar. 

Por suerte, en mi familia hay ejemplos de personas que luchan cada día por hacer de mi enunciado anterior una realidad. A ellos los celebro y les deseo valentía, paciencia, resiliencia y voluntad.

Nota: ¡Feliz Día del Médico, gente con vocación!

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