TLAMATINI PRISA COMPULSIVA
Despierto y el mundo ya ha comenzado su estrago. La primera noticia es el choque, un encuentro metálico que violenta el paso uno por uno, una coreografía de hierro que ignora el ritmo de la vida. Ayer, antes de que el sueño borrara las aristas de la ciudad, otro reporte: una combi embistiendo tres cuerpos en la penumbra. No son incidentes aislados; son cicatrices recurrentes de una herida que late bajo el asfalto.
El chofer, preso de una prisa compulsiva, convierte la vía pública en un monólogo de velocidad. Para él, el peatón —ese cuerpo frágil, nuestra encarnación más vulnerable en el espacio común— deja de ser un prójimo para convertirse en un objeto, una fricción que entorpece el flujo del capital. Es aquí donde el pensamiento de Byung-Chul Han resuena con una crudeza punzante: habitamos una sociedad del cansancio donde el tiempo humano, aquel que se nutre del encuentro y la mirada, ha sido devorado por un tiempo lineal, una cronología de la eficiencia que exige productividad sobre existencia.
Esta prisa no es solo del transporte público; es una neblina de cólera que contamina toda la urbe. Al conducir, si no acatamos el ritmo frenético de los otros, nos volvemos blancos de una violencia que exige obediencia a la velocidad. Hemos perdido el “entre”. Aquel vacío fecundo que, según Han, sostiene la posibilidad de lo social, ha colapsado. La calle ya no es el lugar del seguro, sino un campo de batalla donde el respeto por la infancia, por la vejez o por la madre que camina, es un lujo que el rendimiento no se permite costear.
Somos, en última instancia, sujetos autoexplotados por una estructura que nos ha despojado del “arte de la demora”. La violencia neuronal de esta inmediatez nos ciega: el motor ahoga la voz, y la meta de la ruta termina por borrar la dignidad de quien camina a nuestro lado. Al final, todos somos tanto victimarios como náufragos de este frenesí; atrapados en la atención dispersa de un sistema que nos impide, siquiera, detenernos a contemplar la fragilidad de nuestra propia existencia.
Ante este despliegue de prisa que nos habita, cabe preguntarnos: ¿es posible reclamar el derecho a la demora y al encuentro en una ciudad que nos exige, a cada instante, sacrificar nuestra humanidad en el altar de la eficiencia?
SEMBLANZA
Soy Alejandro Bravo Pérez, aprendiz de la fenomenología hermenéutica. Cuento con una Maestría en Análisis Existencial-Fenomenológico y otra en Psicoterapia Humanista-Existencial. Doctorante en Terapia Gestalt de Campo. Mi labor profesional y docente se erige como un puente entre lo cotidiano, lo poético y la analítica existenciaria, orientada siempre a la apertura de espacios de reflexión profunda sobre la condición humana. Actualmente, me desempeño como conferencista internacional y facilitador de grupos de estudio interesados en el pensamiento contemporáneo; aunque, ante todo, reconozco que mi rasgo más sobresaliente es MI PROPIA IGNORANCIA.




