RETRATOS HABLADOS
De alguna manera el sentimiento es compartido: caminamos sin rumbo, decididos a caer al precipicio, con la certeza de que no hay nada por hacer, y que así estaba escrito.
Observamos ya sin curiosidad a un engendro como Donald Trump y corte de seguidores, que no dudan en apretar el gatillo del arma que tengan a la mano, para hacer valer su voluntad, sus mentiras que imponen como verdad.
Asistimos a la muerte definitiva de la verdad, y dejamos que así sea, tal vez en un ánimo apocalíptico de que todo termine para empezar de nuevo, con la aceptación por adelantado, que las generaciones que conforman nuestros hijos y nietos, no verán tampoco el renacer de todo.
En el país, nos conformamos con la historia de los hijos corruptos del ex presidente López Obrador, de las peleas palaciegas entre uno de sus vástagos con la presidenta Sheinbaum, a quien acorralan día con día, sin que la turba de fanáticos del señor y dador de vida recapacite en que, al asegurar su día a día por una pensión, condenan un eventual futuro de la nación.
También al ceremonial en que la soga que aprieta las manos y voluntad de la jefa de la nación es apretada más y más, ante la apatía de una ciudadanía que cree, de manera absoluta, que nada puede hacerse para rescatarla.
Pareciera que hemos dado el sí absoluto para que así sean las cosas, para que nuestros paisanos sean detenidos como animales, ante el regocijo de un desquiciado presidente, pero sobre todo de los grandes conglomerados económicos, que son, al final de cuentas, los que mandan.
Y, sin embargo, hará esperanza en cuanto tengamos la capacidad para regresar al uso de la inteligencia, pero no la artificial, sino la nuestra, la que nos hace seres humanos, para comprender que, por principio de cuentas, no podemos ni debemos aceptar que la verdad sea prostituida ante nuestras narices de manera cotidiana.
Porque el primer paso de los sujetos poderosos para imponer lo que les venga en gana, es imponer como verdad lo absurdo, la famosa suma de Orwell del “2+2=5”; los famosos “tengo otros datos” de un ex de infausta memoria; o bien la frase aquella del, “les guste o no, se hace lo que yo diga”.
Estamos ante esa encrucijada, y tal vez uno resulte demasiado insistente, pero cuando la verdad se pierde, para dar paso a un número infinito de “verdades”, ésta se pierde, se diluye, se hace nada, y luego entonces queda poco terreno cierto sobre el cual pisar.
Porque entonces un asesinato se convierte en una acción realizada en defensa propia, un acto de corrupción en uno de profunda honestidad, una imposición en la decisión aceptada por una mayoría, y el mundo se confunde, y el ser humano dejar de serlo.
Por principio de cuentas no podemos, no debemos aceptar nunca, que la idiotez se convierta en carta valiosa para imponer mentiras por verdades. A cualquier costo, debe defender eso, la verdad, como única posibilidad de mantener la calidad de seres humanos.
Mil gracias, hasta mañana.



