PEDAZOS DE VIDA
Los hombres siguen atentos, se turnan para que otra vez no nos vayan a agarrar desprevenidos, para que no haya más muertos como los que se quedaron en el pueblo. El monte es generoso, quizá sea suficiente por ahora, pero mañana quién sabe. Nosotros pudimos traer algunas cosas, aunque todo lo demás se quedó abandonado; aquellos de allá no pudieron agarrar nada y ahora tenemos que compartir. No somos familia, pero somos hermanos, hermanos de tierra y ahora también de la misma desgracia.
Algunas abuelas trajeron sus santos o algunas cosas que les dejaron sus antepasados. La de allá no quiso soltar su metate y un muchacho le tuvo que ayudar. Es el metate que fue de su madre, que antes había sido de su abuela y que seguramente la señora le dejará a su hija. Pudieron esconder el metate en su casa y traerse algún animal, pero no quisieron.
A nosotros nos quieren lejos, no les interesan nuestras cosas, en el otro pueblo quemaron todo. Siembran miedo y dejan muertos a su paso. Todos saben que ellos mataron a los muchachos que tocaban en el baile. Llegan con sus armas y disparan a todos, les gusta vernos asustados, disfrutan al mirar cómo corremos sin que las autoridades hagan algo.
Por eso nuestros padres y hermanos comenzaron a defender a la comunidad. Aunque sientan miedo de poder morir, saben que si el miedo gana, vamos a estar perdidos siempre. Los abuelos dicen que cuando el miedo se apodera del corazón, ya no podemos decir que estamos vivos.
Tenemos que apurarnos, ya se van los otros hombres, y a los que les tocó vigilar anoche seguro regresarán con hambre. Ayer un grupo intentó bajar a la comunidad, pero desde lejos vieron que los delincuentes siguen ahí. Lo bueno fue que en el camino encontraron un saco de maíz que un vecino tiró en plena huida, creíamos que los animales se lo habrían comido, pero se quedó atorado por el nudo del costal entre las raíces de un árbol y se salvó de caer por la barranca.
Hace un rato hicimos tortillas, y estuvimos apenados por haber renegado del metate. La abuela miró con buenos ojos y no dejó que nadie más moliera en su metate. Orgullosa convirtió en masa el nixtamal mientras sus ojos brillaban a la luz del fogón y algo tuvo que recordar, porque al final, las lágrimas contenidas lograron escapar.
La maestra de la escuela vino con nosotros, no tuvo otro remedio. Al ver a la abuela, le recitó un poema que dice que no es la tristeza ni el recuerdo lo que nos hace llorar, dice que es la leña del fogón. Así la abuelita, nos ha dado masa y también hizo tortillas, ahí sí le ayudamos las demás.
Mañana se cumple una semana de aquella tarde en la que confundimos el sonido de los drones con el de un panal de abejas. Luego vinieron los disparos, entonces supimos que nos pasaría lo que había sucedido con las otras comunidades. No había forma de defendernos ni de atacar, por eso caminamos por el monte, el sagrado monte que ahora nos da refugio y un poco de calma.
Caminábamos en silencio, sin hacer preguntas, con lágrimas en los ojos. Los niños que poco entienden de estas cosas saben que íbamos a la montaña para no morir. A lo lejos solo pudimos oler el humo y al caer la noche, el color naranja del fuego anunciaba la quema de nuestras casas.
Ya llegaron los vigilantes. Ahora sí, vamos a comer. Quedan varios animales, algunas papas y hay frijoles. Los hombres propusieron una cosa, pero las abuelas hicieron otra, porque la comida tiene que alcanzar y no se puede acabar todo en una semana, si no fuera por ellas ya nos hubiéramos comido a todos los animales.
En la mañana fuimos a juntar quelites, encontramos también chipile y quintoniles. Quién sabe si los animales de la comunidad vayan a sobrevivir. Seguramente morirán ante los ojos de aquellos. Dicen que a los animales del primer pueblo los mataron a balazos, pero que después el mero jefe los mató a ellos por desperdiciar las balas.
Acá tratamos de sobrevivir y allá los animales también. Mientras estén los matones no podemos acercarnos y los coyotes tampoco, quizá los corrales estén condenados a ver morir las chivas, los borregos, los puercos, las gallinas y guajolotes.
A lo mejor este año no haya Tigrada; pura fiesta para los jóvenes; celebración de la Virgencita de las Manzanas para los mayores; una tradición para todos.
Ayer, durante la reunión, la señora del chal azul se puso a llorar, dijo que tiene la esperanza de regresar y encontrar a sus animalitos en el corral. Algunas personas la consolaron, otras nos quedamos pensando. Queremos regresar, pero no hay para cuándo.
La tarde del primer día, los primeros vigilantes dijeron que habían visto un venado, platicaron sobre las posibilidades de comida para cuando se acaben las provisiones. Sin embargo, el anciano más grande sentenció que al igual que nosotros, los venados habrían huido, dijo que, para esos animales del monte, nosotros somos como las bestias con pistolas que quemaron nuestras casas.
Los guardias de anoche dicen que no se ve para cuándo. Apenas comieron y se fueron a dormir. No tarda en caer la noche. Volveremos a platicar a la luz de la lumbre, después volveremos a dormir y más de uno soñará con su casa y lo que dejó en la comunidad, quizá alguien se despierte y llore en la madrugada, habrá voces que murmuren mientras vigilan el fuego.
El último celular se quedó sin pila hace cuatro días, lo último que supimos es que las noticias estaban hablando de nosotros, de un pueblo desplazado como otros. Eso nos dio esperanza, esperamos no quedarnos en el olvido. Es hora de dormir y continuar la espera, pero ahora con los ojos cerrados.



