LA QUEJA

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TLAMATINI

“Me sobrepasa”

He manifestado mi interés por ser chofer de Uber. Pero el gobierno no permite que esta empresa ingrese a la ciudad. ¿acaso no merecemos un mejor medio de transporte? Aparte de eso, uno debe buscar ingresos por donde sea; no se puede vivir siendo escritor. Aunque Bukowski pudo, a veces dudo que yo también podré. 

Qué difícil es vivir de solo escribir, sobre todo porque la última vez me hicieron saber que me quejo demasiado. ¿Es así? Tal vez sí. Pero ¿quién no lo hace? Nos quejamos porque podemos expresarnos, porque la queja es la voz con la que nombramos aquello con lo que no estamos de acuerdo. Aunque, claro, la queja ajena siempre suele recibirse como algo fuera de lugar, como una falta de compostura moral.

Ahora que lo pienso, desde niño he sido así: me he quejado del lugar, del clima, de la comida y hasta de la ropa. Es curioso, pero la queja constituye una de las formas más primarias e inevitables en que manifestamos un desacuerdo o un malestar con el mundo.

Quien no se queja es incapaz de nombrar lo incomprensible. Sin la queja no sabríamos que un niño tiene hambre; sin la queja no podríamos deducir que algo nos está doliendo. Sin la queja no hubiera ocurrido la revolución francesa. Sin una queja no se haría el cambio de un gobierno. En ese sentido, el reclamo no surge del vacío: responde a una vivencia concreta de frustración, cansancio o insatisfacción. Pero también, en muchas ocasiones, quejarse ante el otro es un intento desesperado de buscar validación emocional o empatía; es una forma de decir: 

“Esto me sobrepasa o me incomoda, y necesito que sea escuchado”.

El problema con la queja rara vez radica en su aparición inicial, sino en su permanencia y su instrumentalización. Cuando se convierte en la única respuesta frente al entorno, tiende a cristalizarse en un estado estático. La queja repetitiva corre el peligro de sustituir a la acción: al centrar toda la atención en lo que está mal en el afuera, se diluye la propia agencia, la capacidad de responder ante la circunstancia de una manera diferente. De pronto, la protesta se vuelve la única salida cómoda. Quejarse de forma sistemática funciona como un mecanismo defensivo para no asumir el riesgo o la decisión que requeriría transformar la realidad.

Para quien tiene que escuchar una queja constante que no busca salida ni apertura, la experiencia se vuelve agotadora. Termina por erosionar los vínculos, transformando el diálogo en un bucle donde el malestar solo se amplifica sin procesarse jamás.

Pero ¿qué hay debajo de la queja? Tras un reclamo recurrente suele haber un valor vulnerado, una necesidad no atendida o un límite que no hemos sabido establecer. Preguntarnos qué revela este malestar sobre lo que verdaderamente nos importa ayuda a redirigir la mirada hacia el fondo del asunto.

La queja, en última instancia, no es buena ni mala: es un síntoma, un primer paso. El punto decisivo es si se queda en un mero lamento que perpetúa la impotencia o si se utiliza como punto de partida para cobrar conciencia y asumir una postura firme frente a la vida.

Pero bueno, después de toda esta explicación, solo quiero recordar que tengo una única queja. Y mi queja es…

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