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Hidalgo
viernes, enero 30, 2026
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La meta única de vivir

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LAGUNA DE VOCES

Es necesario dejar atrás las nostalgias, la no correspondencia de lo que fue, con lo que es ahora la realidad, cualquiera que esta sea. El principio de buscarle el sentido al año que apenas arranca, es tomar el camino, respirar con ansias el aire frío de la mañana, mirar de nuevo el cielo que anuncia un sol esplendoroso que al rato se hará congelador. Pero el paso fundamental es justamente dar ese primer paso, caminar aprisa, correr a ratos, saber que se puede y que, con suerte, llegaremos tan lejos como hace apenas unos meses. No hay justificación para esperar, porque la espera carcome las esperanzas y acaba por dejarnos tumbados en la cama a la espera de quién sabe qué fecha, hora, instante.

Igual que hacer el recuento de tantos años en que buscábamos cada una de las aristas de un recuerdo feliz, para intentar reconstruirlo, siempre sin suerte, aunque con más y más amargura que no sirve de nada, como no sea para hundirnos en nostalgias inútiles.

De tal modo que en el mismo parque cada vez más destartalado, a cargo de un solo jardinero para cientos de metros de pasto seco y tupido de vegetación que crece sin rumbo, mucho menos destino, será de vital necesidad que asomemos los ojos desde el pequeño puente de la pista de cemento, para reconocer alguna nueva construcción en el bulevar, alguna oficina que se quedó vacía, luego que, seguramente, sus arrendatarios encontraron mejor precio en otro lugar. Como sea eso nos avisa que nada se queda estático, y que, si todos amanecieran al nuevo año con el corazón plagado de malos presagios, de repente todo se quedaría sin movimiento, uno mismo, sin posibilidad de emprender nuevamente la carrera.

Ha sucedido, dicen, en algunas partes del mundo en los primeros días del año que empieza, porque un algo abruma a los que pasaban cual saetas de un lado a otro, y los dejó en pleno empeño por vencer la tristeza, sin que nada los devolviera a esa ansia de respirar, de saberse vivos.

Por eso con calma.

Esperar que aminore el frío. Esperar los rayos taciturnos del sol, pero al fin calor. Y caminar primero, escuchar lo que pensábamos hace años, cuando de niños corríamos porque deseábamos ir con los hermanos al maratón del pueblo ataviados con una sudadera azul desteñida, pero ciertos de que habíamos sido incluidos en el reto único de llegar a la meta. Eso, la meta, la que se pierde con los meses, que desaparece y da paso al desaliento.

A lo mejor cada año será lo mismo. Achacaremos la profunda certeza de que ya no habrá remedio a la edad, a la consabida y machacona edad, que nos habla siempre de lo que ya no será, que ya nunca será, y se aleja, maliciosa, de lo que sí ha sido, de la meta alcanzada, de que llegamos, y eso debería ser suficiente.

Cada año seremos otros, extraños a lo mejor de nosotros mismos, transfigurados en lo que no queríamos ser de cara dura y necio enojo por la razón o sin razón que se nos ponga a la mano. Y seremos injustos, primero con cada uno de los sueños que decidimos construir, luego con los que nada tienen que ver con esa vocación de perseguir lo inalcanzable. Luego nada.

Así que justo en los primeros ocho días del mes primero, es de inteligencia, de amparar la esperanza con algo más que palabras, levantarse primero, caminar aprisa, muy aprisa, luego, de repente, correr al ritmo que se nos pegue la gana, parar, respirar, respirar mucho para que el cuerpo y el espíritu se entere que estamos de nuevo en conexión con la vida. Y será simple admirar el camino de todos los días, las personas que se detienen en el pequeño altar a la Virgen de Guadalupe donde se persignan y rezan, saludarlas, saber que están en estos mismos rumbos desde hace más de diez años, y han sido constantes, más que uno, sin que por eso tengan gesto mal encarado.

Y aprender, y maravillarnos con esto de vivir, de tener todavía muchos días de oportunidades para reencontrar el camino del que bendice cada tramo del camino, del que a veces nos queremos escapar porque argumentamos mil cosas, porque la meta no se ve por ningún rumbo.

Pero alegrarnos cuando en la mañana de cualquier día del primer mes del año, alcanzamos la meta simple de querer vivir, alegremente, sinceramente.

Mil gracias, hasta mañana.

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