La Luna

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PEDAZOS DE VIDA

Anoche vino la abuela y me dijo que me voy a morir. No va a ser un accidente y tampoco una enfermedad dolorosa; la vida se me escapará como el éter cuando se va del frasco abierto. Me dijo que sabe que no tengo miedo y después me dio un fuerte abrazo… Ya no hay chabacanos en el árbol. Me encanta el sabor del chabacano. Hace mucho tiempo que no pruebo uno. ¡Ay! Esa carne tan deliciosa y la forma en que se despega del hueso. El chabacano siempre estuvo ahí, junto a la cocinita vieja, frente a la troje, después frente a la nueva casa, atrás de la cocina grande, junto a la granada y dando sombra al lavadero donde mis tías lavaban por las mañanas para que la ropa se secara con el sol. Me gusta el olor a sol.

Cuando era pequeño, mi madre secaba las toallas al sol, luego las metía a la casa, las doblaba y acomodaba para que pudiéramos ocuparlas en el siguiente baño. Después, cuando crecí y le ayudaba a meter la ropa, ese aroma de ropa tostada por el sol, creo que es inigualable. 

La recibí en bermuda y playera. Ella llegó hasta acá con su chal negro y su bata de cocina, uno de esos delantales de tela cuadriculada que tanto le gustaban; traía una sola trenza y la serenidad inmortalizada en su cara. Sus palabras no tuvieron angustia, ni temor, ni dolor, solo vino a decir que me voy a morir, pero no me extrañó; desde que nacemos comenzamos a morir. Me dijo que no será rápido y al mismo tiempo tampoco será tan lento como ha sido hasta ahora. 

La vida es caprichosa y la muerte una ironía. Tanto que cuidé mi corazón por lo frágil que siempre fue y todo parece indicar que no será su muerte la mía propia. Aquella tarde que murió el Santos, nadie esperaba la muerte; en la mañana platicamos y por la tarde estábamos bebiendo café con canela y comiendo pan de dulce. La abuela no me dijo cuándo, pero sí me dijo cómo será mi proceso. 

Entre toda la gente que he visto llegar hasta aquí nunca pensé que la abuela vendría algún día. Ella me enseñó mucho de lo que sé, y a pesar de eso, en todos estos años, no vino a verme. Desde que comenzó a vislumbrarse, supe que no llegaría por un simple saludo. Cuando su figura se materializó por completo, sentí emoción, pero también curiosidad. No tuve palabras para recibirla: extendió su mano y me llevó bajo el árbol, y después comenzamos a platicar, para no decir que fue ella la que habló. No hubo respuestas a todas mis preguntas. Cuando le pregunté cómo estaba, si estaba bien, solo me miró con sus ojos claros y asintió con la cabeza. 

Recuerdo que cuando cortaban los rosales, tomaba algunos palitos, les quitaba las espinas con la mano y luego los metía clavados en las macetas hasta que un día la abuela lo prohibió. Después, con el tiempo, una vez que comíamos nueces con sal, me recordó aquellos tiempos. Me dijo que tenía buena mano para las plantas y que cada palito que ponía en las macetas echaba raíces y después ella no sabía qué hacer con tantas plantas. Hubo un momento en el que su casa fue reconocida por las rosas, antes que por ella. Los vecinos decían: «Allá en la casa de las rosas vive la señora que usted busca. Camine hacia allá y al dar vuelta, cuando vea muchas rosas de colores ahí toca y la encuentra…». 

Todo tuvo sentido cuando mi abuela me dijo eso, cuando al caer el sol, con su tejolote golpeaba la cáscara de la nuez, sacaba el contenido, se lo echaba a la boca y con el dedo tomaba un poco de sal de la jícara para completar el sabor. Tienes buena mano para las plantas. Por eso «jugábamos» en su jardín, por eso me ponía a sembrar las semillas de los toronjiles y otras hierbas que ocupaba para sus clientes. 

El toronjil morado… ¡Qué rico aroma! Era como beber perfume los días nublados, mientras el humo del fogón se extendía afuera de la cocinita. Siempre me gustó el fuego, la leña, el humo… los tacos con sal, el huevito asado en el comal de barro y el té de toronjil morado. 

La Selene había sido la elegida, pero nunca aprendió nada. Y yo sin querer aprender comenzaba a saber mucho. Hay cosas que se saben, pero no se dicen; hay veces que puedes ayudar, pero otras en las que, aunque quieras, no debes intervenir. Cuando murieron mis padres, la abuela lo había sentido. Cuando me caí en el pozo, corrió para sacarme. Después de haber gritado como loca en todo el pueblo que no me encontraba, ella y unos vecinos llegaron hasta mí y evitaron que me ahogara. Ella sabía que no iba a morir; sin embargo, eso no significaba que no pudiera hacerme daño. 

¡Qué bonita se veía mi abuela! Cuando me abrazó no pude evitar llorar; mis lágrimas me mojaron por completo; lloré todo lo que no pude y no quise cuando ella se fue. Y entonces el olor a cera, a papel quemado, vino hacia mí. Vi su recámara con la cama de piedra, en la esquina su altar con el techo renegrido por el humo del cirio de cebo que mantenía con luz a sus santos por las noches. No lloré por su mensaje; lloré por la alegría de volver a verla o quizá por el dolor de no haberla visto durante tanto tiempo.  

Me cansé de buscarla. En cada vereda, en cada sitio me encuentro con la multitud que me busca a mí. Trato de contestar, de atender, para poder continuar… pero hay un punto de quiebre con el que no se puede avanzar. Aprendí a estar en tantos lugares y no logré siquiera vislumbrarla como cuando a lo lejos miré a la tía Esperancita. Y cuando creía que era imposible, ella, mi abuelita, se presenta ante mí para decirme que he comenzado a morir. 

Hubiera querido que me enseñara más. Las primeras personas que atendí me hicieron sentir como un doctor capaz de acabar con los males ajenos, aunque también fue insoportable, a momentos, no poder acabar con los propios. Hojas de guayaba, ¡jamás para una diabética medicada! Ya me estaba llevando al panteón a doña Jacinta. Y todo por no darme el tiempo de conocerla y dar por entendidos esos misterios. ¡Qué tiempos aquellos! 

Cuando comienzas a descifrar cosas que para otros están ocultas, la emoción se va y el deleite llega con aquello que nunca sabrás con certeza. Sí, anoche estuvimos juntos; no me respondió si volveré a verla; tampoco me contestó cuando le pregunté si al morir iría a otro sitio. Sigo sin saber qué hay más allá de esa luz que limpia las almas y de lo tormentoso que puede ser el perder el rayo de luz; es como ver pasar el autobús y de lejos comprender que era la ruta correcta. 

Después de haber visto el mundo a través de los ojos de una bestia, haber aprendido a descubrir la gente mentirosa y comprender la dualidad de la energía, creo estar listo para lo siguiente… para aquello que nunca me contó, pero para lo que venimos a morir… 

Bien, es momento de regresar. Solo quería que supieras que la abuela vino a verme. Y que como aquella vez ocurrió, aunque intentes correr para venir, llegarás demasiado tarde. Vine a decir lo que anoche sucedió para que sepas y continúes con lo que debes hacer. No puedo prometerte regresar, pero si es necesario y si me lo permiten, aquí estaré. 

Recuerda no abusar de la condición; puedes quedarte atrapado en una piel ajena; no trabajes el mal y tampoco seas de los que tuercen el destino. Al final la vida es un río que no se puede detener con las manos. Hacer una presa estanca el agua y pudre el lodo… no gastes tu ser en caprichos de otros. Y no dejes de beber agua del manantial, con el tiempo sabrás por qué.

Anoche vino la abuela y me dijo que me voy a morir. Después de darme el mensaje, la dulzura de sus ojos se posó sobre mí. Me abrazó y me dejó llorar. Ahora no me pidió que fuera fuerte. Sentí los huesos de su espalda y supe que ya no habría más palabras; se fue caminando en cuatro patas, mientras su pelaje negro reflejaba la luz de la luna…

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