La ilusión democrática y el eterno retorno del rencor político

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RETRATOS HABLADOS

Son muy pocos los caminos que todavía quedan en el país para rescatar el valor del ejercicio político a fin de lograr que, una sociedad como la mexicana, camine por un mismo sendero construido por los acuerdos, alejado de radicalismos ideológicos y sí de consensos en la posibilidad de construir juntos un nuevo país. Parece imposible, porque de la competencia electoral se ha pasado a una guerra sin cuartel donde “el otro” es el enemigo a eliminar.

En estos tiempos las jornadas para la elección de jefes de la nación, de un Estado, un municipio, o legisladores, es un primer paso solamente, que ya no garantiza absolutamente nada, porque, nos guste o no, la certeza que, por una temporada corta, se tuvo del valor absoluto del sufragio y el respeto absoluto a la decisión del ciudadano, se perdió.

Se creyó, quizás con una ingenuidad histórica propia de las naciones que transitan hacia la modernidad, que el mero perfeccionamiento de las urnas y la institucionalización del voto bastarían para exorcizar los viejos demonios del autoritarismo. Durante un breve periodo, la sociedad pareció dispuesta a convivir bajo las reglas del juego democrático, a aceptar que el adversario de hoy pudiera ser el gobernante de mañana y a comprender que el ejercicio del poder exige colaborar con los ganadores de las urnas, relegando las rencillas electorales al archivo de las anécdotas pasadas. No obstante, este proceso de civilidad siempre ha sido frágil, expuesto a las sacudidas del resentimiento social.

Como advierte Francis Fukuyama en sus reflexiones sobre el resentimiento y las políticas de la identidad, el motor central de las grandes conmociones políticas contemporáneas no es únicamente la distribución material, sino la demanda insatisfecha de dignidad y reconocimiento. Cuando las instituciones no logran encauzar esas pasiones, el sistema democrático deja de percibirse como un espacio de coincidencias, para convertirse en un terreno fértil donde florece la polarización exacerbada. El entusiasmo republicano se desgasta y el camino recto se extravía; la certidumbre institucional cede su lugar a la sospecha endémica.

Es en ese instante de quiebre es cuando emerge la figura del nuevo iluminado. Se trata del líder mesiánico que, lejos de sanar las fracturas sociales, explota las heridas soterradas de la comunidad. Como diseccionó con agudeza Octavio Paz al analizar la psicología colectiva y los laberintos de nuestra identidad, debajo de la superficie del pacto social suelen latir tensiones y desconfianzas atávicas, resentimientos no resueltos que aguardan la chispa adecuada para encenderse. El demagogo no inventa el odio: lo desentierra, lo sistematiza y lo transforma en la columna vertebral de su proyecto político. Su discurso reescribe la historia colectiva dividiendo al país entre puros y traidores, anulando la posibilidad del matiz o del diálogo racional.

Bajo esta lógica de confrontación, la sospecha pasa a ser la regla suprema. La posibilidad de una victoria legítima del adversario queda descartada de antemano; cualquier resultado desfavorable es catalogado inmediatamente como producto de la trampa, el fraude o la conspiración. Se reinstala así la idea devastadora de que las elecciones no son mecanismos de legitimación, sino meros actos de simulación. 

Daniel Cosío Villegas observó con impecable claridad analítica cómo el personalismo y la tentación del poder absoluto erosionan las bases de las instituciones republicanas, sustituyendo el debate de ideas por el culto a la voluntad del gobernante y condenando a la nación al ciclo interminable de la discordia.

Lo verdaderamente trágico de este eterno retorno hacia el encono es su dilatada permanencia en el tiempo. La destrucción del tejido democrático y la instauración del rencor como eje de la vida pública no son episodios pasajeros; son etapas oscuras y sumamente largas que consumen a generaciones enteras. 

Una vez que el odio se establece como la gramática dominante del debate político, restaurar la confianza y reconstruir los puentes destruidos toma décadas de esfuerzo desairado. Volvemos así al punto de partida, prisioneros de una espiral histórica donde los puentes ceden ante los muros y la posibilidad de un destino compartido vuelve a diluirse en el horizonte.

Mil gracias, hasta mañana.

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