Un adulto responsable
“Despierto en mi jardín, las
rosas se burlaban de mí…”
Jardín – Liquits
Esta es la historia de José, que visitó por primera vez el Mundo al Revés. Quería curarse de la fiebre kafkiana que sufría, pues un día, simplemente despertó en el cuerpo de un niño… Sí, un niño de verdad. Fue raro, porque hasta ese momento había sido un grillo devenido en conciencia.
Siguió el consejo de su amiga cucaracha, que aunque no podía caminar, se había vuelto sabia y le recomendó seguir el camino de las tejas doradas, que lo conduciría hasta el lugar mítico.
Cuando llegó, no pudo evitar sorprenderse. Los conductores eran todos muy amables y manejaban con precaución, las personas respetaban los semáforos y usaban los puentes peatonales, y no necesitó preguntar más que a una persona, para dar con el hotel que le recomendaron: “La Cabaña del Tío Chueco”, que contrario a lo que se pudiera pensar. Allá los gordos no se veían flacos o los feos más feos, no. Era un lugar común, famoso por hospedar a los abogados más honestos de la demarcación.
Como estaba muy cansado, José rápidamente pidió su habitación, que le costó exactamente lo que decía su reservación. Eso sí, debió dormir de pie, porque las patas de las camas estaban pegadas a las paredes.
“Lo único malo de vivir en este lugar, deben ser sus excentricidades”, pensó. Al tiempo que se sujetaba de los cinturones para no caerse al descansar así.
Aunque debió aceptar, también, que algunas de esas costumbres le beneficiaron: nadie le preguntó cómo es que, siendo un niño, viajaba y se hospedaba solo. Ni uno solo de los habitantes de aquel sitio lo cuestionó acerca de su elección de vestimenta (como un mendigo que se disfrazó de catrín) y no escuchó murmuración alguna de su forma de movilizarse por el lugar (a pequeños brinquitos, en lugar de caminar). Ese sitio parecía el paraíso.
Despertó sin prisas y se trasladó al Mercado de Perros, donde todo era nuevo y de paquete, y antes de visitar al Ingeniero que le daría el remedio para su mal, se compró, para desayunar, una rica guajolota, solo que acá, el pan iba en medio del tamal.
José llegó sin problema a donde el Inge tenía su localito y éste se portó muy amable con él, le preguntó cómo estaba y le contó cómo se volvió experto en resolver problemas kafkianos, cómo leyó a los clásicos y se volvió un sentimental, cómo se sintió rechazado por su grey en el mundo común y decidió abrirse paso como curandero de ese lugar.
—Para tu problema hay una fácil solución, “Pepillo” —le dijo mientras sacaba una copia del libro “La Rebelión en la Granja” de Orwell.
José se sorprendió, era el único libro que no presentaba cambios aparentes en ese lugar. No había visto tantos textos desde que llegó, pero todos los demás clásicos tenían algún cambio en la pequeña biblioteca que tenía el Inge: “50 meses de compañía”, “La Reina” o “1849”.
—La receta es simple, querido “Pepillo”, comienza a leer las páginas. Y pronto te darás cuenta del secreto.
Así lo hizo José, leyó las aventuras del pequeño Snowball, Napoleón y compañía y comprendió no solo el mensaje claro que trató de dar Orwell, también reflexionó por qué ese libro no tenía alteraciones en aquel sitio. Porque hablaba justo de las incongruencias de los seres cuando tienen un poco de poder, cuando avanzan a lo alto, cuando “se marean al subirse a un ladrillo”. Y comprendió que a todos nos pasará en algún punto, en mayor o menor medida.
Que los claroscuros son parte de la cotidianidad y que volverse radical en una postura no beneficia a nadie.
A medida que tenía esas reflexiones, el cuerpo de José se fue achicando de a poco, hasta quedar reducido a sus características originales.
Estaba tan contento que le agradeció al Inge con un gran canto y no le importó salir desnudo de regreso a la Cabaña, en donde descansó feliz sobre una almohada que alcanzó a tirar al piso.
José recuperó su cuerpo y mientras regresaba a casa solo se preguntaba dos cosas: ¿Cómo un libro tan sencillo tenía tanto poder? Y también: ¿Cómo le habría ido a un niño siendo un grillo por unos cuantos días?



