DES-prográmate y Ámate
Cada año, cuando se acerca el Día Internacional de la Lucha Contra el Uso Indebido de Drogas, solemos escuchar los mismos mensajes: estadísticas, advertencias y campañas de prevención. Todo eso es importante, pero quizá hay una conversación que solemos dejar fuera.
La mayoría de las personas piensa que las adicciones son algo que les ocurre a otros, imaginamos sustancias ilegales, casos extremos o historias lejanas. Sin embargo, si observamos con honestidad, descubriremos que casi todos tenemos algún mecanismo al que recurrimos para escapar de aquello que no queremos sentir.
A veces es el alcohol, otras veces son las redes sociales, el trabajo, la comida, las compras o incluso ciertas relaciones. La forma cambia, pero el propósito suele ser el mismo: evitar el contacto con una emoción incómoda.
La ciencia ha demostrado que nuestro cerebro cuenta con un sistema de recompensa que libera dopamina cuando realizamos actividades que favorecen nuestra supervivencia y bienestar. El problema aparece cuando encontramos formas rápidas y constantes de obtener esa sensación placentera. Poco a poco, el cerebro se acostumbra y comienza a pedir más.
Por eso es importante entender que las adicciones no son simplemente una cuestión de fuerza de voluntad, no se trata únicamente de querer o no querer dejar algo. Con frecuencia existe un proceso biológico, psicológico y emocional mucho más complejo detrás de la conducta.
Sin embargo, enfocarnos únicamente en la sustancia o en el comportamiento puede hacernos perder de vista lo esencial, la verdadera pregunta no es qué consume una persona, sino qué está intentando anestesiar.
Detrás de muchas conductas compulsivas encontramos ansiedad, soledad, miedo, tristeza o heridas que aún no han sido atendidas. La adicción suele ser el síntoma visible; el malestar emocional es la parte que permanece oculta.
Quizá por eso existen personas que no pueden pasar unos minutos sin revisar el teléfono, otras llenan cada espacio libre con trabajo. Algunas permanecen en relaciones que las lastiman porque la idea de estar solas les resulta insoportable, aunque socialmente las juzguemos de manera distinta, todas comparten algo en común: están buscando alivio.
También vale la pena reflexionar sobre el lenguaje que utilizamos. Cuando etiquetamos a alguien como “vicioso” o “drogadicto”, porque reducimos toda su historia a una sola característica. El problema es que el juicio suele generar vergüenza, y la vergüenza dificulta que las personas busquen ayuda.
Las adicciones crecen en el silencio. Cuanto más miedo existe a ser señalado, más probable es que alguien continúe escondiendo su sufrimiento. Por eso hablar del tema resulta tan importante, no para normalizar el daño, sino para comprenderlo. No para justificar conductas, sino para entender de dónde vienen.
La recuperación tampoco es un camino perfecto. Habrá avances, recaídas y momentos de frustración, pero todo proceso comienza con un acto sencillo de honestidad: reconocer aquello que estamos utilizando para escapar. Porque, al final, el problema rara vez es la sustancia, la pantalla o el comportamiento en sí mismo. El verdadero desafío es la desconexión con nuestras propias emociones.
Tal vez por eso la pregunta más valiosa no sea qué hacemos para sentirnos mejor, sino qué estamos evitando sentir. Y aunque no tengamos una respuesta inmediata, atrevernos a formular la pregunta ya es un primer paso hacia nosotros mismos.




