LA «BANALIDAD DEL MAL»

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TLAMATINI

“Un coma moral”

En Eichmann en Jerusalén (1963), Hannah Arendt acuñó el concepto de la banalidad del mal para explicarnos algo aterrador: la crueldad extrema no siempre nace de monstruosidades delirantes o de villanos de caricatura, sino de la más pura normalización, de la apatía y de la más absoluta falta de pensamiento.

La rabia me quema las manos cuando leo las noticias y descubro que, en el municipio de Santiago Tulantepec, un cachorro fue masacrado a golpes por un sujeto que iba en compañía de una mujer. Los colectivos defensores de animales ya interpusieron la denuncia, pero la herida moral queda abierta.

En la grabación de las cámaras se ve a una pareja caminando por la calle. El tipo, en cuanto detecta al animal, se le abalanza a la carrera como el engendro que es. Imagino el terror del pobre cachorro intentando huir con sus patitas torpes, sintiendo el golpe seco cuando el monstruo lo estrella violentamente contra el asfalto para después patearlo una y otra vez. Si aquel inocente hubiera tenido conciencia, tal vez agonizó contra el suelo frío de la noche preguntándose qué demonios hizo para merecer semejante infierno. Lo único que quedó en el aire fue un chillido desesperado, tragado por la indiferencia y la frialdad de un municipio entero.

¿Quién es más putrefacto? ¿El sádico que golpea o el que mira y no hace nada? Porque todo ocurrió bajo la complicidad de una mujer que no intervino. ¿Por miedo? ¿O porque disfrutaba en silencio del espectáculo morboso? Al final, la pareja simplemente da media vuelta y se retira como si nada.

Es un acto de una crueldad tan desmedida como injustificable. Agredir a un cachorro —un ser totalmente indefenso— revuelve las entrañas y grita la ausencia absoluta de empatía y respeto por cualquier forma de vida. Que estas salvajadas ocurran en plena vía pública y con total impunidad debería sacudir a la sociedad hasta los cimientos. Si ese sujeto es capaz de destrozar a un perro indefenso, ¿de qué no será capaz con su propia pareja, con un bebé, con su madre? Pero quizás la respuesta nos aterra tanto que preferimos mirar a otro lado, bajo la cómoda coartada de que al fin y al cabo era solo “un animal de la calle”.

Arendt acuñó la fórmula al presenciar el juicio de Adolf Eichmann, el burócrata nazi encargado de la logística del Holocausto. Ella esperaba dar con un demonio sediento de sangre, pero solo halló a un oficinista gris, pulcro, obsesionado con sus ascensos y absolutamente incapaz de articular un pensamiento propio. Cualquier parecido con las estructuras de poder actuales no es coincidencia; es el molde.

Eichmann no actuaba movido por un odio visceral, sino por una obediencia ciega a los clichés de su entorno. Su mal no era profundo ni radical, sino superficial: carecía de raíces y de interioridad. Era un daño mecánico que brotaba de la incapacidad absoluta de habitar el dolor del otro.

Arendt nos advierte que el verdadero peligro contemporáneo no habita en los monstruos de película, sino en la gente común que se pliega mecánicamente a las circunstancias. Cuando la crueldad se vuelve parte del paisaje cotidiano —cuando deshumanizamos al otro, sea persona o animal, reduciéndolo a un estorbo o a un desecho—, la sociedad entera cae en un coma moral.

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