PEDAZOS DE VIDA
Algo ocurre, pero no se puede mirar de frente, por eso cree que esa llama que escapa de su pecho es un eclipse, uno que no puede ser real ni permitido, porque no está bien mirar con estos ojos a quien se debe amar de otra manera, a quien se debe querer sin provocación de la carne.
El amor le sucede en los márgenes, en las zonas donde las cosas no tienen edad ni nombre. Su figura es una sombra larga y la voz que parece venir de un tiempo anterior es un amor que llega tarde, como si se hubiera perdido en el camino, es una historia que no se puede contar.
Entre los silencios de una casa que no es compartida, están las miradas que no son permitidas, el hogar se convierte en un espacio en el que no se cabe, una maceta que no permite que crezca el árbol del amor, un recipiente que no tarda en estallar. El silencio se rompe, y el amor aparece y da vuelta atrás, se marcha sin querer regresar, no responde a nadie, deja las promesas apoyadas en cualquier mesa.
El amor cambia de forma. Se vuelve reflejo, duplicación, una presencia que no tiene cabida en nombres aprendidos. El deseo no avanza en línea recta, se curva, se reconoce en otra piel, y la confusión es inevitable. De pronto, un gesto de cuidado ensayado, una ausencia puntual, un espacio ocupado por el recuerdo de quien no aparece más.
Si tan solo se pudieran tocar, se pudieran besar, si tan solo pudieran copular. Pero no se puede con quien no está, ese amor es como un eclipse, ocurre sin poder mirar de frente y sin dar marcha atrás, es simplemente una llama que todo consumará.



