Hombre de poca fe

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PEDAZOS DE VIDA

Había matado a un hombre, eso era irrefutable. El arma jamás la encontrarían. Él mismo no sabía dónde había quedado. Estaba perdido cuando dejó sin vida al otro. Tampoco sabía quién era ni cómo habían llegado hasta ahí. Los primeros días, el muerto fue un cuerpo encontrado cerca de una fogata. Era un desconocido con quien había compartido las últimas horas de una noche. Ninguno de los dos podría reconstruir los hechos. Avanzó la investigación. Se descubrió la forma en que ambos terminaron juntos debajo del puente. Habían compartido la droga.

Se supo la identidad de los dos. El muerto recuperó, por lo menos dentro del expediente, todo aquello que había perdido. Tenía nombre, edad, profesión, una casa y una familia. Sus familiares comenzaron a presentarse en las audiencias para exigir justicia. Poco a poco dejó de ser aquel hombre al que habían tomado por vagabundo y se convirtió en alguien que había tenido una vida bastante parecida a la de quien era señalado como su asesino.

El hombre no había sido malo. Aquella tarde salió a conseguir el “paquetito”. El vendedor le dijo que lo probara. Así comenzó la aventura que lo llevó de un callejón a una cantina, de la cantina a un antro y del antro a terminar debajo de un puente, al borde de la hipotermia.

De aquella noche conservaba recuerdos que aparecían y desaparecían sin ningún orden. Recordaba vasos sobre una mesa, luces de colores, música demasiado fuerte y rostros que no podía relacionar con ningún nombre. Nada del trayecto hacia el puente. En su memoria estaba sentado frente a una fogata. Solo sentía calor en las piernas. Había otro hombre cerca. No recordaba su rostro. No sabía si habían llegado juntos. Un vacío. Memoria borrada. El otro hombre estaba muerto.

No había detalles. La reconstrucción fue una suposición alimentada con testimonios, horarios, cámaras lejanas y objetos encontrados en los bolsillos. Con todo aquello se construyó una noche que parecía suya. Había momentos que solo conocía porque alguien más aseguraba que habían ocurrido. Algo sucedió debajo del puente y uno había matado al otro con un arma que no estaba por ningún lado. El sobreviviente se convirtió en asesino. Él mismo creyó que no recordar era suficiente para ser culpable.

Pasaron las semanas. Conoció mejor al muerto que durante las horas que posiblemente compartieron. Supo dónde trabajaba, qué había estudiado y quiénes integraban su familia. Descubrió que había sido un hombre al que nadie habría imaginado temblando de frío debajo de un puente. La sentencia comenzó a parecer una simple formalidad para ponerle una cantidad de años a la culpa que ya cargaba.

Arruinó todo por perder el control una tarde. Después se perdió la noche y, con ella, la libertad. Se puso en las manos de Dios. No fue por una revelación ni por un arrepentimiento repentino. El miedo le hizo recordar algunas oraciones de la infancia y buscar otras que repetía antes de dormir. Pedía perdón por un crimen que no podía recordar. Al mismo tiempo, rogaba que ocurriera algo capaz de demostrar que no lo había cometido.

Su madre comenzó a rezar, aunque lo hacía de otra manera. Las mujeres de la familia conservaban imágenes que no permanecían a la vista. Encendían veladoras en lugares extraños y guardaban objetos cuyo significado nadie explicaba. Él había crecido entre aquellas cosas sin prestarles demasiada atención. Eran costumbres de mujeres viejas, secretos heredados de una generación a otra que parecían no tener importancia hasta que alguien necesitaba algo. Mientras él pedía ayuda al Dios que conocía, su madre recurrió a aquello en lo que las mujeres de su familia habían aprendido a confiar.

Comenzaron los errores. Una falla en el proceso condujo a otra. Las inconsistencias se acumularon y, sin arma ni una reconstrucción capaz de sostenerse, la investigación se desmoronó. El juicio dejó en libertad al supuesto asesino. Él creyó que Dios finalmente había escuchado sus oraciones. Su madre agradeció a los seres oscuros a los que había confiado la suerte de su hijo.

Nunca se supo si el Dios bueno había intervenido o si, en la dicha del reencuentro entre madre e hijo, se había colado aquel ente de negra silueta al que las mujeres de la familia adoraban a escondidas desde hacía generaciones.

Durante algún tiempo, la libertad fue suficiente para no buscar respuestas. Dos meses después vinieron por él y no regresó con vida.

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