TLAMATINI
“La ira”
Según la psicología, la ira es una respuesta afectiva fundamental que emerge cuando nos sentimos amenazados, vulnerados, invalidados o enfrentados a lo que percibimos como una injusticia o un límite traspasado.
Sin embargo, la ira no empieza como una idea abstracta; sucede primero en la carne. Se manifiesta como una sobrecarga de energía
—¿Quién no la ha experimentado alguna vez? —.
Es sentir caliente el rostro y el cuerpo cargado de una fuerza contenida, retenida la mayoría de las veces, porque la ira no es algo que la sociedad nos permita expresar libremente. Pero cuando de repente estalla, resulta extraordinaria la bruteza que emerge. Y con bruteza me refiero a la fuerza bruta del temperamento, no a la torpeza; aunque la torpeza suele ir de la mano, cuando la marejada pasa y nos invade la culpa por haber perdido el control, por haber dicho lo que dijimos o por habernos mostrado como fuimos.
Es fascinante: lo que sale a la superficie parece algo que jamás debió mostrarse, sin entender que esa explosión es solo el síntoma de una acumulación silenciosa. Quizá no nos damos cuenta, pero coexistimos a diario con verdaderas minas humanas a punto de detonar en cualquier esquina.
Miremos las calles de nuestra ciudad: una madre de familia mentando madres y cerrándole el paso a otros coches; un padre insultando a su hijo porque cometió un error —descargando en el niño la humillación que su propio jefe le propinó en la oficina—; o el niño que agrede a sus compañeros en la escuela porque en casa solo habita la ausencia. Son solo pinceladas, especulaciones, pues cada uno carga con sus propias razones para dejarse arrastrar por la furia.
La mayor parte del tiempo la ira permanece sepultada. La cultura, las formas sociales y la moral nos enseñan a enterrarla porque nos aterra su potencia disruptiva. Pero ¿quiénes somos cuando nos dejamos desbordar por la ira?
La respuesta fácil suele ser: “un hombre o una mujer enojados”, o un flojo “no sé”. Ahí se evidencia la pereza para pensarnos, para clarificar por qué estamos donde estamos y contemplar quiénes estamos siendo en el instante preciso en que estallamos.
¿Y si el verdadero problema es que la energía retenida no desaparece, sino que se acumula en la sombra?
Cuánta razón tenía Santiago Ramírez cuando escribió que “infancia es destino”, no refiriéndose a un fatum trágico e inamovible, sino a cómo los patrones afectivos, las heridas no tramitadas y los modos de vinculación aprendidos en los primeros años se convierten en la matriz desde la cual percibimos y reaccionamos ante el mundo en la adultez. Quizá quien se desborda de ira solo está mostrando lo que ha sido su vida: una historia de aguantar, aguantar y aguantar, hasta que el cuerpo simplemente no puede más.
Pero ¿qué es lo que se aguanta? Ese es el misterio.
Desde la fenomenología, me gusta ver esta emoción no como una falla en la razón, sino como una forma de apertura al mundo. La ira revela aquello que nos importa profundamente; señala un “hasta aquí”. Surge cuando la dignidad, el espacio personal o los acuerdos fundamentales han sido pisoteados. Pero también opera como un escudo: debajo de una gran ira suele latir un dolor denso, impotencia, miedo, desilusión o un duelo demasiado vulnerable para mostrarse al desnudo.
La ira no integrada termina cayendo en cascada sobre el más débil en la cadena de poder. La ciudad se convierte así en un teatro de impactos cruzados donde pagamos platos rotos por incendios que se encendieron en otra parte. Tener la ira contenida es como sostener un muelle comprimido con la mano: exige un gasto de energía brutal para que no se note, hasta que el músculo se fatiga y el resorte salta con toda la furia acumulada.


