Grito de guerra

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Los guiaba el resplandor de la enorme luna que jugaba con las nubes viajeras y las luces que emanaban de los largos postes colocados a lo largo de la calle de la privada. Hacia unos minutos que se habían sentado en la banqueta frente a la casa de su amigo Carlos, a quien esperaban que terminara de cenar para salir a jugar escondidillas, eran muchos los espacios oscuros que podían ser el escondite ideal para no ser hallados fácilmente.

—Ese Carlitos ya se tardó, y nosotros como tarugos esperándolo, vamos a tocarle, a mí solo me quedan 20 minutos para regresar a mi casa, mi mamá me advirtió que si no obedecía, me olvidara de pedirle permiso otra vez —dijo Leonardo impaciente porque el tiempo se le acababa.

—Sí, vamos, a mí no me dieron límite, solo que ni se nos ocurriera andar pateando la pelota contra de las ventanas de las casas vacías porque algunos vecinos ya se habían quejado —continuó Alexis.

Cuando estaban a punto de levantarse se acercó Daniel, el hermano pequeño de Leonardo, con sonrisa traviesa y con las manos metidas en los bolsillos de su chamarra heredada.

—Manito, mila, te lo tlaje pa ti, tlaigo mucho —y sacó de sus bolsas hojuelas de maíz azucaradas para invitarle, se las dio en la mano, y volvió a sumergir su pequeña extremidad en la chamarra para sacar otro tanto que inmediatamente metió a su boca.

—De dónde sacaste esto chamaquito canijo, mi mamá acaba de comprar el cereal y claramente nos dijo que ni se nos ocurriera acabarlo en una sola noche porque ya no tendría para comprar otro.

Su madre, salía desde las seis de la mañana para salir a trabajar, tenía un año que su esposo la había abandonado para irse a vivir con otra mujer, y volvía a casa después de las siete de la noche. Leonardo se hacía cargo de la casa, lavaba la ropa de Daniel y supervisaba que Felipe cumpliera con sus obligaciones, hacía de comer y realizaba todas las labores de la casa, para eso tuvo que dejar la escuela, y las noches eran especiales porque podía salir a jugar con sus amigos de la privada y olvidarse un poco de las obligaciones.

—Solo agalé poquito, y te tlaje a ti, todavía queda mucho, no se acaba. Tlaigan un plato y leche y les tlaigo más —señaló dirigiendo la mirada hacia Alexis, y emprendió el camino de regreso a su casa que estaba a escasos 100 metros.

Leonardo seguía con la mirada a su hermanito y cuando vio que iba a medio camino, tomó su celular y marcó a su mamá.

—Ma, Daniel está sacando el cereal, lo está metiendo en las bolsas de la chamarra, ya nos vino a ofrecer a todos, mejor escóndelo porque se lo va a acabar, ya va para allá.

Carlos por fin salió de su casa y se acercó con sus amigos. 

— Listo, ya vámonos a jugar.

—No te pases, te re tardaste, pues qué tanto comiste, por eso luego ni puedes correr. Ya casi me tengo que meter para cuidar a Daniel —replicó Leonardo.

—Pues si quieren mejor vamos a ver videos aquí afuera, y ya mañana jugamos— señaló Carlos.

Los tres se estaban acomododando para observar videos en el celular de Carlos, cuando llegó Daniel, nuevamente con las manos en los bolsillos y los cachetes regordetes por el cereal que venía masticando, al llegar les muestra sus manitas y les comparte al trío.

—Chamaco cabrón, mi mamá se va a enojar, ya deja de hacer eso —reclamó Leonardo.

—Mamá está dolmida, no me escucha— respondió el pequeño burlándose.

Leonardo aprovechó la noticia que le dio su hermanito sobre su mamá durmiendo y continuó viendo videos; y Daniel siguió dando vueltas para llenar las bolsas de la chamarra con cereal, hasta llegar la medianoche y volver a casa para dormir.

Al día siguiente, el grito de guerra — ¡Danieeeeeeeeel!— funcionó mejor que una alarma, pues levantó a los tres hermanos en un santiamén para correr al comedor de donde provenía el sonido, para ser recibidos a chanclazos.

—Chamacos cabrones, lo primero que les dije y les valió, no sé cómo le hagan, pero a mi regreso quiero una caja de cereal nueva en la mesa— los santiguó y salió hacia su trabajo.

Por la noche, los hermanos mayores estaban acostados sobre los sillones de la sala, y Daniel, con la cara pintada de payaso, sobre una colchoneta. A un lado una hoja decía “Ayúdame para comprar el cereal de mi mamá” y sobre la mesa del comedor, la caja completamente nueva.

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