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miércoles, febrero 26, 2025

Filosofar sin Gaza

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TIEMPO ESENCIAL DE HIDALGO

En Dialéctica Negativa, el filósofo Theodor Adorno, sostuvo que la magnitud del crimen cometido en Auschwitz – lugar donde más de un millón de judíos fueron masacrados por los nazis durante la segunda guerra mundial- planteaba un problema radical para la filosofía; en razón a que ella constituyó uno de los pilares fundamentales de la educación impartida a generaciones enteras del pueblo alemán, amén de la rigurosa enseñanza doctrinaria que las iglesias cristianas, tanto católica como protestantes, impartían a sus fieles y el desarrollo de su ciencia y tecnología, por entonces las más prestigiadas del planeta.

Todo ese extraordinario modelo pedagógico, motivo de admiración en el mundo entero fue, sin embargo, la base cultural y la fuente del pensamiento moral y política donde surgió el nazismo, movimiento que logró imponer su escala de valores en la sociedad germana, a la que indujo a participar, activa o pasivamente, en los genocidios de la segunda guerra mundial.

Tras su derrota militar, algunos de sus principales involucrados con los asesinatos en Auschwitz y otros centros de exterminio, fueron enjuiciados en Núremberg, condenados a prisión y, en algunos casos, ejecutados; como si solo ellos fueran culpables de los crímenes cometidos, y no sus instituciones y procesos de formación de sus ciudadanos.

Tras la guerra, Alemania pudo reintegrarse al concierto de las “naciones civilizadas”; su economía se recuperó rápidamente, y sus instituciones volvieron a funcionar con toda normalidad. La sociedad alemana olvidó lo sucedido en la guerra y se convirtió en un paradigma del desarrollo capitalista, frente a la dictadura y pobreza de los países socialistas, incluyendo una parte de su antiguo territorio.

En ese contexto, los filósofos regresaron a sus enseñanzas e investigaciones en sus universidades, ya entonces en el contexto de confrontación ideológica de la guerra fría entre las grandes potencias mundiales. De lo sucedido en Auschwitz, prefirieron no abordar el tema.

Y fue esa falta de atención que Adorno toma conciencia de la responsabilidad de la filosofía sobre los crímenes del pasado, sintiéndose obligado plantear la pregunta con la que iniciamos este escrito: ¿es posible seguir haciendo filosofía tras de un acontecimiento, donde el asesinato de inermes seres humanos pudo ser ejecutada por otros hombres supuestamente superiores, justificados por su cultura, religión o capacidades intelectuales, sin que nadie entre ellos haya sido capaz de denunciar como fue que toda una clase ilustrada (con mayor responsabilidad de sus filósofos) decidió participar o guardar silencio ante el genocidio sin alzar la voz ante quienes los cometieron?

Porque si la filosofía se constituyó en la conciencia crítica más elaborada del pensamiento europeo (y alemán en especial) durante siglos, resultaba desconcertante y hasta repugnante, continuar su ejercicio sin poner en el banquillo de los acusados no solo a los criminales nazis, sino al sistema educativo y hasta a sus admirados profesores, que permitieron, callaron o colaboraron con Hitler, para que sus estudiantes adoptaran los valores y proyectos del nazismo como parte de su formación, e integrarse con éxito en su aparato productivo; logrando que las universidades aceptaran una a una las barbaridades del nazismo, expulsando de sus claustros a quienes se resistieron la orden, y poniendo en manos de académicos favorables al régimen hitleriano su dirección académica.

Pese a todo o anterior, con el correr del tiempo y el olvido, la filosofía alemana logró recuperar su sentido crítico con un marxismo renovado especialmente por la escuela de Frankfurt. Sin embargo, otras terminaron por ser absorbidas por los nuevos giros de la filosofía analítica anglosajona, y la crítica al pasado nazi fue desapareciendo.

Tras la caída del socialismo real, en los años ochenta del siglo XX, Alemania consolidó su papel en el nuevo orden mundial. El triunfalismo de su desarrollo exitoso dejó atrás el sentido de vergüenza y autocrítica de la sociedad alemana, la que terminó por adaptarse a los nuevos tiempos del capitalismo global.

Hoy, ante el genocidio que sigue cometiéndose en la franja de Gaza en Palestina por el gobierno israelí, donde decenas de miles de civiles palestinos, sin importar edad, sexo o inclinación política, han sido asesinados sistemática y deliberadamente, la pregunta de Th. Adorno vuelve a cobrar actualidad, sólo que en un escenario diferente, aunque uno de los actores principales sean descendientes de las víctimas de Auswichz quienes, paradójicamente, son ahora los que aplican la política de exterminio en Gaza, un territorio de unos cuantos kilómetros cuadrados, donde los pocos palestinos que pudieron buscaron refugio solo para ser rodeados por el ejército israelí y masacrados día con día sin importarles, como a Hitler, las protestas internacionales en contra de su política de exterminación.

De ahí que hoy la pregunta de Adorno ya no sea si podemos continuar filosofando después de Auzwitz, sino si lo podemos hacer durante y después del genocidio que hoy el estado de Israel lleva a cabo en Gaza.

Pero la pregunta ha de plantearse en el terreno de la filosofía, y dirigida a los filósofos en función a su vocación y tarea fundamental ante acontecimientos como Auzwitz y Gaza como una pregunta ineludible:

¿Cómo es posible que sigamos filosofando de cualquier otro tema si no atendemos lo que está sucediendo en Gaza, como un acontecimiento inconmensurable, que tendríamos que los filósofos tendrían que estar reflexionando y dialogando en foros, paneles, congresos, pero sobre todo en las aulas universitarias y en los medios masivos de difusión, en función a que es la suerte misma de la filosofía, la que se juega con los crímenes cometidos sistemáticamente en Gaza?

Ciertamente filósofos con la fuerza intelectual de Adorno (y pienso también en Bertrand Russell ante la guerra de Vietnam), no se avizoran en los ámbitos actuales de la filosofía en las metrópolis occidentales; pues una crítica radical en el caso de Gaza puede poner en peligro su permanencia en sus universidades y centros de investigación que, como se demostró con las protestas estudiantiles del año pasado, se encuentran controladas financieramente por inversionistas privados ligados al capital israelí, al que los gobiernos de Washington defienden sin reparos.

​El crimen de Gaza que continua hasta el día de hoy, cuestiona a la humanidad entera con la misma fuerza que al genocidio de Auswichz; y en especial a los filósofos; porque la naturaleza de su propia tarea les obliga a mantener la congruencia entre sus hechos y sus palabras, y plantear las preguntas de fondo surgidas en el devenir de la existencia humana; dando explicaciones convincentes y razonables de hechos como el que se encuentra en curso en ese pequeño rincón del planeta donde, de manera sistemática y cruel, el gobierno israelí desarrolla una guerra de exterminio contra un pueblo inerme, que no tiene más pecado que haber nacido y crecido en un territorio que Israel considera estratégico para su seguridad nacional, objetivo por el que actúa igual o peor que los nazis lo hicieron con sus antepasados, en lo que ellos llaman el Holocausto, toda vez que ellos lo sufrieron en carne propia.

¿Cómo es que los filósofos pueden permanecer impasibles o ajenos a esa realidad que se le presenta como irrenunciable para su propia reflexión, para su obligación de dar luz ahí donde hay tinieblas, utilizando la fuerza de la razón para derrotar a la violencia? Su silencio no solo es cómplice de los criminales, sino el aviso del fin de su propia tarea, si no reaccionan.

Pero ¿qué tiene que ver ese problema con nosotros los hidalguenses? –, preguntarán algunos lectores. Si ni siquiera tenemos filósofos en Hidalgo que pudieran defender la enseñanza de la filosofía en los bachilleratos, y menos para cargar con la culpa de quienes se ocupan de esos problemas, ¿si ni siquiera sabemos si se hacen presentes ni alzan su voz para despejar nuestras dudas más elementales?

Si partimos desde esa realidad, debemos de confrontarnos con los límites de nuestro pensamiento cotidiano. Es el sentido común quien nos ordena preguntarnos tan solo por aquello que nos atañe directamente, y mientras no nos suceda algo semejante a los habitantes de Gaza no tenemos los hidalguenses por qué preocuparme de ellos.

Es difícil superar ese forma de pensar si no estamos convencidos que la vida humana merece un respeto absoluto, porque no ocurre que en nuestra sociedad ese mandato sea asumido universalmente, pues su valor ha perdido entre nosotros la categoría de imperativo categórico (es decir válido para todos en todas las condiciones y momentos), enajenados por el razonamiento utilitarista del valor de la persona humana en función a su poder adquisitivo, o capacidad de imponer nuestros intereses sobre los demás sin importar los costos..

Lo que el simple sentido común no puede comprender, es que el valor absoluto de la vida humana no es prescindible, puesto que ese valor responde a un prolongado esfuerzo de la inteligencia y la voluntad humana para concebirlo, hasta llegar a fraguarse como punto de partida y llegada de toda interacción humana y principio ético indubitable; pese a lo cual, nuestra propia libertad tiene en cada caso concreto la capacidad de respetarlo o violarlo. Y eso, en lugar de hacerlo prescindible, lo vuelve más valioso y dignifica humanamente a quien lo acata. Respetar la vida humana nos vuelve así más libres y dignos, dueños de nosotros mismos sin importar si otros no lo cumplen y se siguen moviendo en una espiral de violencia inacabable.

Y eso es lo que ha dejado de escucharse no solo en Gaza, sino en todo el mundo y en nuestra propia realidad hidalguense. Como si los lamentos de los débiles fuesen de menor rango moral que los de los poderosos. Moralidad a modo y de acuerdo a la ocasión, no es el modo en que la filosofía puede responder, pues hacerlo así es traicionarse a sí misma.

Y Usted mi hipotético pero esperado lector, ¿Qué reflexión le provoca este caso? ¿Considera que nuestra educación forma mejores seres humanos que la alemana del siglo XX? ¿Qué responsabilidad tienen los académicos y en especial los filósofos para que no ocurran estos genocidios? ¿Es necesario cambiar nuestra educación para evitarlos? ¿Somos responsables de ellos, aunque no participemos en tales crímenes en donde quiera que ocurran y quien quiera que los cometa, sin importar raza, religión o ideologías? ¿Podría ocurrir que llegáramos a colaborar o participar en ellos?

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