FILA DE HORMIGAS

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TLAMATINI

“¿Qué demonios está pasando?”

Otro día atrapado en el tráfico, ya sea de día o de madrugada. ¿Cuándo nos convertimos en una fila de hormigas que avanzan a golpes de acelerador para cumplir con su función?

Vivo al sur de Pachuca. Cuando llueve con fuerza, las avenidas se transforman en ríos turbulentos y lagunas imprevistas. Es un problema crónico: no solo por la ruleta rusa de los accidentes, sino porque llegar a casa ya es una prueba de paciencia que el agua multiplica. A veces, harto del volante, opto por el Tuzobús; ver la ciudad inundada desde las alturas del transporte público te enfrenta de golpe al colapso.

¿Qué demonios está pasando? Se supone que habitamos el siglo XXI, la era del esplendor tecnológico y los supuestos avances urbanísticos. Pero la realidad es la contraria: no hay recursos para el mantenimiento de las carreteras, ni inteligencia para construirlas.

¿Sabían que la fundación de Tenochtitlán en un islote del sistema lacustre del Valle de México representó un desafío ingenieril monumental? Para proteger la ciudad de las inundaciones, los mexicas desarrollaron un sistema hidráulico sofisticado hace apenas seiscientos años. Nezahualcóyotl mandó levantar el Gran Dique, una estructura colosal de dieciséis kilómetros que separaba las aguas saladas de las dulces. El sistema integraba compuertas para desviar los flujos pluviales, y las chinampas operaban como una gigantesca esponja natural que disipaba la presión hidráulica.

¿Por qué traigo esto a colación? Porque aquel equilibrio funcionó durante siglos. El verdadero origen de las inundaciones no se gestó en la época prehispánica, sino tras la Conquista, cuando los españoles decidieron desecar los lagos, rompiendo la armonía natural. Al fracturar ese orden lacustre, heredamos un problema artificial que hoy padece el Valle de México y sus periferias, incluyendo a Pachuca.

Aunque Pachuca posee su propia dinámica, comparte con la vecina CDMX y el Estado de México los vicios de una urbanización salvaje que ignora la topografía y los cauces del agua. ¡Imaginemos lo que nos espera si el cerro de Cubitos termina devorado por nuevos fraccionamientos!

En cuestión de décadas, la ciudad creció de forma desbocada, convirtiéndose en el patio trasero de la metrópoli y evidenciando una miopía crónica para entender que el cemento ahoga el suelo. Una ceguera que también invisibiliza los límites del cuerpo y de la mente: la depresión y el cansancio son los síntomas de nuestro tiempo, de esta vida donde perder horas sentados, atrapados en el tráfico para ir al trabajo, a la escuela o a la universidad, glorifica el agotamiento bajo la falsa ilusión de que estamos construyendo nuestro propio destino.

Al final, estamos atrapados en el engranaje del que habla Byung-Chul Han: sin saber cómo, el ser humano terminó convertido en una simple pieza de maquinaria, reflejo exacto de la sociedad del rendimiento. Y la naturaleza, terca y paciente, nos recuerda que nunca olvida; por eso, donde antes hubo cauces y ríos, hoy los vemos reaparecer de manera fugaz.

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